La despedida a Sebastián Piñera, una muestra de convicción democrática y republicana frente a la deriva populista

Suena el tono de la trompeta frente al Palacio de La Moneda. El presidente Gabriel Boric, de rictus solemne, está de pie sólo en la puerta del Palacio y rinde honores al fallecido presidente Sebastián Piñera. La imagen es conmovedora y también, tristemente, toda una rareza.

El peso de la democracia recae sobre los hombros de hombres y mujeres imperfectos y mundanos. Líderes que han aceptado llevar la carga de comandar los destinos de un país. Y en Chile, ese peso ha sido soportado con una grandeza que, aunque obvia, produce un asombro enorme en medio de los signos de los tiempos que aquejan a nuestras naciones.

Una de las frases más cuestionadas del fallecido Presidente Piñera fue cuando se refirió a Chile como un oasis. Lo hizo tiempo antes de que el país, literalmente, explotara en un proceso de demandas populares que terminó en una degradación violenta e insurrecta.

Piñera seguramente se refería al progreso económico y bienestar material como espejo de agua de aquel oasis. Sin embargo, cruzado por una desigualdad que se reducía mucho más lenta de lo que los ingresos crecían, la ciudadanía no lograba sentir en su realidad la agradable sombra y la vital agua en medio del desierto.

Es que, permítanme decirlo, Chile destaca entre la mediocridad, no entre los que descollan. El país tiene problemas, como todos, y enfrenta desafíos propios de la modernidad, incluidas las pulsiones autocráticas y populistas.

Guardias de honor trasladan el féretro con el cuerpo del ex presidente chileno Sebastián Piñera hacia la Catedral de Santiago. Foto: XINHUAGuardias de honor trasladan el féretro con el cuerpo del ex presidente chileno Sebastián Piñera hacia la Catedral de Santiago. Foto: XINHUA

Lejos del rédito político

Sin embargo, el oasis de Piñera hoy se reivindica. No es un oasis de progreso material como él quiso contarle al mundo. Es, en cambio, un oasis de convicción democrática y republicana. Chile presenció con sobriedad, durante los últimos tres días, una serie de rituales de los que la gente acompañó con respeto por el dolor propio o ajeno. El menor atisbo de una declaración que buscase rédito político, generó de inmediato críticas y rechazo por su destiempo.

El funeral de Estado de Sebastián Piñera, aunque también se podría decir de Patricio Aylwin en 2016, no fue un festival mundano de consignas y barras bravas. Muy por el contrario, fue la presencia misma del Estado en su naturaleza, esa que lo sobrepone sobre el gobierno de turno y lo vincula inquebrantablemente a la soberanía de la gente.

Hablaron Michelle Bachelet (socialista), Eduardo Frei (demócrata cristiano) y Gabriel Boric (autonomista). Hombres y mujeres cuyos hombros sostuvieron o sostienen los destinos de la nación y que responden a ello con la entereza de aquel que mira más allá de sus partidarios.

No me malinterprete, en Chile hay chicanas y frases grandilocuentes. Los discursos en el Congreso también se han transformado en una forma de viralizar contenidos en Instagram o Tik Tok. El tenor de las descalificaciones, por momentos, también se ha perdido. Pero la muerte de Piñera, o los voraces incendios del sábado pasado demostraron que, cuando se trata de lo importante se descarta lo accesorio. Es un país especialista en silenciar el ruido cuando es necesario.

La despedida a Sebastián Piñera, frente al Palacio de la Moneda, este viernes. Foto: AFP La despedida a Sebastián Piñera, frente al Palacio de la Moneda, este viernes. Foto: AFP

No hay protocolo alguno que obligara al presidente Boric a ir a ninguna actividad del funeral. El protocolo solo indica que no puede negárselo. No había ninguna obligación de que fuera al aeropuerto cuando los restos del fallecido mandatario llegaron desde Valdivia, pero lo hizo. En esa instancia regaló, además, quizás la imagen más conmovedora de los últimos días, cuando abraza sentidamente a Cecilia Morel, la ex primera dama.

Una buena parte de Latinoamérica, tristemente, ve todo con extrañeza. Con la incredulidad que produce lo inalcanzable y la resignación que genera la desconfianza. Sin embargo, no hay nada genético o preconcebido en Chile que hiciese imposible aplicar la misma cultura republicana y democrática en otros rincones. Es una cuestión de voluntad.

Es cuestión de voluntad no dejar que los extremos arrastren a todos a las trincheras. Es cuestión de voluntad entender que el Estado está sobre quien gobierna y es cuestión de voluntad defender la democracia siempre, por duro que sea el golpe de perder una votación en el Congreso o de no conseguir la anhelada reelección.

Todo esto nos interpela a los votantes, a aquellos que no somos políticos. Las personas que lleguen a aplicar dicha voluntad no nacen de la nada, sino que son puestos en esas posiciones por nuestra propia responsabilidad. Me atrevo a decir que, en eso, el votante chileno se ganó su espacio en el oasis, por ahora.

Se trata, al fin y al cabo, de hacer recaer la democracia en los hombros de hombres y mujeres imperfectos, pero bien intencionados y con la grandeza suficiente para entender que el poder se ejerce pero no les pertenece.

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