¿Pacto? ¿No es mucho decir?

A mi juicio, el presidente Milei se ve a sí mismo muy por encima de la altura política que ha alcanzado. Es este un defecto muy argentino, imposible no conocer el chiste del mejor negocio del mundo. Pero es también un mal que se remonta a tiempos antiguos, la hybris tan poetizada por los griegos, la de aquellos que, habiendo hecho grandes hazañas (Milei una hizo), se consideran capaces de superarse ilimitadamente a sí mismos, de romper todo límite.

En el caso de Milei el tiempo dirá, pero parece claro que los dioses – la compleja Argentina –, los sabios y los brutos, los codiciosos y los generosos, los ascéticos y los voluptuosos, los pacíficos y los belicosos han estado poniéndole límites y continuarán haciéndolo, con la mayor insolencia. ¿Cómo se atreven? Se atreven porque pueden.

La reacción de Milei es heroica – la del héroe solitario, como todo héroe. Avanza en línea recta, sin negociar, sin exhibir la menor flexibilidad, execrando a quienes no hacen caso, por traidores, asesinos, enemigos de la patria.

Pero echemos un cable a tierra. Con los activos de los que ya dispone (la elección ganada, el poder de la presidencia, y el liderazgo personal, que incluye una capacidad de amenaza contra las élites y una importante pero impredecible disposición de la opinión pública a dejarlo hacer), no está en condiciones de conseguir lo que se propone, mediante un acuerdo político: la aceptación de un nuevo contrato social que establezca los principios de refundación del orden económico argentino.

Eso, la propuesta, el consentimiento, y su concreción como pacto se podrían hacer desde una cierta asimetría entre el pivote político convocante y las partes convocadas. Tal asimetría por ahora no está clara y probablemente no exista. En otras palabras, Milei se juega a todo o nada, pero eso es temperamental, tiene que ver con su personalidad política, y no con las circunstancias del presente, circunstancias que no está leyendo apropiadamente.

Todo esto se hace patente a través de un mero examen de la convocatoria. Básicamente, Milei cuenta con su popularidad, su presidencia y su liderazgo (la Argentina, harta de sí misma, se va a dejar cambiar dócilmente, parece ser su convicción).

Con esos activos Milei procura, en una primera mano la aprobación de lo que ha quedado en pie del paquete legislativo, y del “paquete fiscal” comprometido. Esto supone no sólo el acatamiento crematísticamente inspirado de los gobernadores, sino que estos logren a su vez la obediencia de los legisladores.

Y si la aprobación del paquete fiscal y la neo Ómnibus deben lograrse antes del 25 de mayo, para que sea posible, como Milei dice querer, trabajar sobre las propuestas con las que se ha de llegar a Córdoba, el trámite debería ser ultrarrápido. El incentivo de “alivio fiscal” no está ni mal ni bien, es elocuente indicador de que Milei carece de la fuerza política necesaria para este ejercicio tan vasto de imposición, aunque se crea Aquiles.

Milei se ha valido de la coacción. Sin medias tintas, sugiere que si su propuesta es rechazada su alternativa sería la posibilidad de gobernar por decreto. Lo alarmante no es tanto un improbable gobierno por decreto, como el impacto político y económico de más largo plazo de que pretenda avanzar hacia él. Acólitos muy principales lo han expresado en una formulación pésima: ¿acaso no tiene Argentina necesidad y urgencia de cambiar? Déjense de embromar y dotemos al Presidente de los instrumentos necesarios.

Es un curso confrontantivo. Lo malo es que sea puramente confrontantivo, ya que el presidente carece del poder político suficiente como para emplear la confrontación en la creación de marcos apropiados a la cooperación, y no se interesa por intentar generarlo. La capacidad de confrontar, en la vida política, no tiene un único propósito: puede buscar incluir a algunos actores, excluir a otros, y organizar la cooperación de otros.

Milei incluye coercitivamente a los gobernadores y los compensaría con dinerillos que estos obviamente necesitan. Excluye al Congreso. Y no organiza la cooperación con nadie. Este monumental acatamiento esperado está por encima de los recursos que puede poner en movimiento para lograr su objetivo.

Quizás a Milei no le importe perder. Su mesianismo le impide ver como un resultado negativo lo que ha hecho hasta ahora: sucesivas confrontaciones en las que no procuró organizar la cooperación, y en que, el resultado que más aprecia, ha sido “dejar al desnudo a los verdaderos culpables”. Quizás si esta nueva iniciativa se troncha, habrá de irse al desierto a ayunar, para regresar en vísperas de las elecciones intermedias. Vaya aventura, con reminiscencias clásicas.

Adherir entusiasmados a la convocatoria, sin considerar estos problemas por los cuales el llamado de Milei es muy probable que no salga bien, es políticamente ingenuo.

Vicente Palermo es politólogo. Miembro del Club Político Argentino

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