Un escritor cosecha tardía

Un escritor cosecha tardía

Podría decirse que soy un escritor cosecha tardía. En realidad, escribir, escribí siempre, pero a escribir ficción empecé tarde, cumplidos los cincuenta años.

La idea de Descansar en paz, así se llama mi primera novela, surgió hace más de veinte años, exactamente el 11S, el día del feroz atentado a las Torres Gemelas en Nueva York. En medio de la tragedia vi una oportunidad para que alguien acosado por situaciones de la vida fingiera su muerte para empezar de nuevo en otro lugar, aunque eso le costara renunciar a lo que más quería. O precisamente que renunciara a todo para salvar lo que más quería. ¿Un héroe? ¿Un cobarde? Habrá que leer la novela o ver la película para decidir.

Tardé más de diez años en empezar a escribir la historia que había imaginado ese día. Una amiga, Silvia Caporaso, que leyó las primeras páginas del borrador me dijo: me gusta, pero deberías traer la acción a la Argentina, ponerla en el contexto del atentado a la AMIA, vas a sentirte más cómodo en las calles de Buenos Aires, con gente que habla en castellano y huye a Paraguay en lugar de escaparse a México.

La verdad es que dudé, el atentado a la AMIA fue una tragedia muy dolorosa para mi familia para encararla desde la ficción, pero a su vez pensé que hay ficciones sobre otros temas dolorosos como el Holocausto, los desaparecidos o la Guerra de Malvinas.

Tiempo después, conocí la historia de Patricio Irala, un paraguayo que fingió su muerte en la AMIA, huyó a Paraguay, su esposa cobró un seguro y él terminó preso.

Ese cambio de escenario modificó el libro definitivamente. Nunca terminaré de agradecerlo.

Escribir la novela, pulirla y darla por mostrable, me llevó un año y una vez que uno tiene un manuscrito, si no es del palo, se pregunta si servirá y qué hacer con él.

Hubo primeras lecturas amigas, luego otras más profesionales y la disyuntiva sobre si intentar el recorrido de las grandes editoriales o el de las más pequeñas. Yo elegí esto último y tuve la suerte de encontrarme con Pablo Alessandrini y Aurelia Rivera Libros. Visto a la distancia debería decir que fue una gran decisión que podría sintetizarse en más exigencia personal para el autor en la difusión del libro, más libertad para hacer y deshacer, pero menos estructura de respaldo para prensa, marketing, distribución y exhibición.

Una vez publicado el libro, los comentarios de los primeros lectores fueron unánimes: “parece una película”. Y de tanto parecerlo la novela fue a parar a uno de los socios de la productora Benteveo que a su vez se lo llevó a Sebastián Borensztein. A él le gustó, pero estaba filmando Iosi, por lo que no tenía tiempo y se lo derivó a sus amigos de Kenya Films (Federico Posternak, Ricardo Darín y el Chino Darín). A ellos les llegan decenas de libros y guiones y el solo hecho de que lo eligieran para mí ya fue increíble.

Cuando uno cede los derechos de un libro para hacer una película se pone en las manos de otros, en este caso en manos súper profesionales, pero que van a tomar sus propias decisiones. Yo diría que en ese caso el escritor tiene que hacerlo sabiendo que un libro es básicamente una creación individual y que en cambio una película es fundamentalmente una creación colectiva, donde hay mucha gente para aportar talento, ideas y trabajo.

Antes de decidir, hay que hacer el balance de si se quiere mantener la obra inmaculada o se prefiere ponerse en manos de un grupo de gente dispuesta a hacer el esfuerzo para intentar convertirla en una película.

Si el escritor no quiere que a su libro le toquen una coma, yo diría que es mejor que renuncie a ceder los derechos o que los ceda, cobre y se desvincule del proyecto al grito de “que sea lo que Dios quiera”.

El equipo que trabajó en el primer guion que escribió Marcos Osorio Vidal y al que me invitaron a participar fue para mí una escuela de cine. Al escuchar a los actores pasar los textos sentí que yo escribía en 2D y que ellos con sus gestos y su voz los convertían en 3D.

Allí se hicieron incorporaciones que no estaban en la novela que me encantaron y me llevaron a pensar “cómo no se me ocurrió” y otras modificaciones que viví con resignación, pero siempre entendiendo la idea: un libro no es una película, una película tiene sus propias reglas y las decisiones ya no son del autor.

Cuando Sebastián Borensztein se incorporó al proyecto como director, lógicamente le dio su propia impronta, ahí yo ya no estuve para opinar pero a mi criterio hizo un gran trabajo.

Si todo esto ya parecía mi propia película donde todo lo bueno es posible, un día se incorporó Netflix para multiplicar por millones la potencia del proyecto.

Durante la filmación fui solamente un par de veces, quería ver cómo lo hacían y terminé de entender muchas cosas. En una jornada de rodaje, entre actores, extras y técnicos, puede haber cientos de personas trabajando. Ya no es un escritor a solas con su alma y su computadora, es una maquinaria impresionante comandada por el director y los productores.

Recién vi la película el día del preestreno y cuando empezaron a aparecer en la pantalla del cine personajes y situaciones que yo había imaginado en soledad y a escuchar diálogos que había escrito alguna vez, la emoción fue indescriptible.

Las actuaciones de Griselda Siciliani, el Puma Goity y Lali González me parecieron extraordinarias, pero lo de Joaquín Furriel es simplemente de otro planeta. La trama les impone a los actores encarnar personajes con quince años de diferencia lo que le agrega una gran complejidad a sus trabajos.

A algunos autores en determinados momentos se les abrirán caminos divergentes: ¿publicar o no publicar? ¿editorial grande o editorial chica? ¿ceder los derechos para filmar una película o no cederlos? Cada uno sabrá cuál quiere recorrer.

La mía fue una historia de caminos asfaltados que permitieron un recorrido idílico. Entiendo que no siempre será así. La otra opción es quedarse con un manuscrito en las manos. Son elecciones y yo siempre voy a elegir intentarlo.

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