Según los Evangelios apócrifos, el Mesías “tenía doce discípulos y siete mujeres”

Según los Evangelios apócrifos, el Mesías “tenía doce discípulos y siete mujeres”

Los evangelios de Marcos y Lucas hablan de determinadas mujeres que seguían y servían a Jesús. En un caso, se registran los nombres de María Magdalena; María, la madre de Santiago el menor; y Salomé (Mc 15, 40). En el otro, se invoca a Juana, la mujer de Cusa; Susana; y “otras muchas mujeres” (Lc 8, 1-3).

Pero ¿quiénes eran estas mujeres y cuál era su papel en la vida de Jesús? Si se mira a la Palestina del siglo I d. C. —cuyo modelo cultural era marcadamente patriarcal—, no sería raro pensar que esas mujeres solamente desempeñaban un rol secundario.

Lucas usaba el término “servir” (del verbo griego diakonein) diciendo que estas “asistían” con sus bienes a los Doce. Marcos, en cambio, agregaba la idea de un “seguimiento”, el mismo verbo que empleaban los evangelios para aludir a la tarea encomendada a los discípulos.

Pero estas informaciones breves se amplían si se tiene en cuenta la literatura llamada apócrifa o no aceptada por la Gran Iglesia. Nos referimos a los textos encontrados en Egipto, la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi, descubierta en 1945. Algunos estudiosos afirman que estas fuentes son más tardías y que no tendrían un valor histórico.

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Sin embargo, La Sabiduría de Jesucristo refiere que Jesús “tenía doce discípulos y siete mujeres”, y que tanto unos como otros “seguían su enseñanza” (NHC 3 4, 90). Un rasgo distintivo es el número de siete.

Otro testimonio, el Primer Apocalipsis de Santiago, se preguntaba: “¿Quiénes son estas siete mujeres que han sido tus discípulas y a las que bendicen todas las generaciones?” (NHC 5 3, 41). Explícitamente se nombraba a las mujeres como discípulas, reconociéndoseles una gran importancia: con el paso del tiempo, iban a ser alabadas por los creyentes.

El escrito continuaba: “Déjate convencer también por esa otra verdad de estas cuatro: Salomé y María y Marta y Arsínoe a las que constituiré como ejemplo, porque son dignas del que es, pues han llegado a ser sobrias y han sido liberadas de la ceguera que había en sus corazones y han reconocido quién soy” (NHC 5 3, 42).

Lo interesante es que aparecen los nombres de estas cuatro discípulas. En primer lugar, se nombra a Salomé, la misma que aparecía en Marcos en dos ocasiones (Mc 15 y 16). La literatura apócrifa no gnóstica, como el Protoevangelio de Santiago del siglo II d. C., la retrataba como una partera incrédula que había presenciado el milagro del nacimiento de Jesús, y que había acompañado a la virgen María con sus tareas maternales.

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Otros textos cercanos al gnosticismo y de la misma época, como el Evangelio de Tomás o el Evangelio de los egipcios, hablarán de esta mujer que dialogaba con el Salvador sobre las cosas que sucederían al final de los tiempos. En cuanto a María, se constata una asimilación que va a ser común con otras noticias: se interpreta a María Magdalena como María la hermana de Marta, que aparecía en los relatos de Lucas y Juan. De Arsínoe no se sabe nada (aunque sí aparece junto con la Magdalena, Marta y Salomé, en los Salmos maniqueos).

Jesús y las mujeres

¿Qué se decía de estas cuatro? Que iban a ser un ejemplo para las generaciones porque habían llegado a ser dignas por su conducta, que habían sido liberadas de una condición de pecado y, fundamentalmente, que habían sido capaces de comprender la identidad genuina del Señor.
Se corrobora el estatus especial de las mujeres como auténticas discípulas y, por lo tanto, predicadoras del mensaje del Nazareno.

Ahora bien, este Apocalipsis enumeraba a las tres discípulas restantes. La versión de Nag Hammadi era defectuosa y le faltaban algunas líneas. Pero en 2007 se dio a conocer una nueva versión procedente de otra zona de Egipto, el Códice de Tchacos, que contenía el famoso Evangelio de Judas, y que completaba la información a través de otra pregunta: ¿Aquellas tres han perecido y no han sufrido, si ellas poseían méritos y han sido perseguidas por otros y se han dicho de ellas cosas que no existían?”.

A lo que se contestaba: “Estas se han alejado precisamente de un lugar de la fe ‘por’ el conocimiento oculto. Estos son los nombres de las tres: Safira, Susana y Juana. Mira te lo he revelado todo […]” (CT 2, 38).

Se cierra la revelación dada por el Salvador gnóstico al protagonista, Santiago el Justo, afirmándose que las tres habían sido perseguidas y calumniadas. Independientemente del valor histórico de estas aseveraciones, es interesante que aparezcan tres mujeres que sí se conocen por la literatura canónica: mientras que Juana y Susana eran mencionadas por Lucas (Lc 8, 3), Safira es citada en los Hechos de los Apóstoles (Hch 5, 1). Juana era la mujer de un administrador de Herodes Antipas que, junto con Susana, había ayudado económicamente a Jesús. Un tema análogo, el del dinero, estaría presente en el caso de Safira si se repara en el episodio narrado por los Hechos: ella y su marido, habiéndose adueñado de un porcentaje de la venta de una propiedad, fueron castigados por un portento después de que el apóstol Pedro los increpara.

En todo caso, estas tres mujeres se ubicaban dentro del grupo simbólico y completo de las siete. Se sugería la presencia de controversias entre distintas tendencias de cristianos: Santiago y las mujeres, que abogaban por un conocimiento, versus otros que solo estarían a favor de la mera fe.

Ese clima se reproducía en varios testimonios en donde María Magdalena sobresalía como la protagonista principal. Hay pruebas de que circulaba con éxito un Evangelio de María, otro testimonio gnóstico perteneciente al siglo II d. C. Dicho en otros términos: una “Buena Noticia” del reino relatada en primera persona por una mujer. Ya el Evangelio de Juan le asignaba la misión privilegiada de ser la primera testigo del Cristo Resucitado (Jn 20,11-18). En este caso, se patentizan los perfiles de predicadora y visionaria, al aleccionar a los discípulos varones acerca de las enseñanzas que “ellos no habían escuchado”. Tras manifestarles lo que había aprendido —a través de una cristofanía—, choca con la posición de Andrés y de su hermano Pedro, con este discurso interrogativo:

“¿Realmente el Salvador ha hablado con una mujer sin que lo sepamos y no abiertamente y debemos todos atenderla y oírla?” (BG I 10 y 17).

El Mesías “tenía doce discípulos y siete mujeres”

Recapitulando, ¿quiénes eran estas mujeres, y cuál era su papel en la vida de Jesús?

Con los testimonios de los que se dispone, se completan los datos acerca de esas “muchas mujeres” a las que, lacónicamente, se refería el evangelista Lucas. Se puede adherir a la opinión del experto y ya fallecido François Bovon que sostenía, a propósito de este Evangelio: “…que las mujeres hayan sido confinadas a una actividad de diaconía (servicio) corresponde más a una tendencia de la Iglesia que a las intenciones de Jesús”. El propio Evangelio de María, si se quiere, concluía con una especie de comentario a todo esto, con las palabras de un discípulo llamado Leví: “Pero si el Salvador la hizo digna (áxios), ¿quién eres tú para rechazarla? Seguramente la conoció muy bien. Por esta razón la amó más que a nosotros”.

Sigue siendo una tarea pendiente para los estudiosos ir detrás y atender a las trazas de estas mujeres, sin descuidar ninguna de las fuentes. Un capítulo aparte sería indagar en qué medida estas interpretaciones alternativas del cristianismo primitivo pudieron haber sido escuchadas y puestas en práctica por mujeres de carne y hueso.

El filósofo anticristiano Celso, en el siglo II d. C., decía que había seguidores de Salomé, de María Magdalena y de Marta. Asimismo, prosperaban las montanistas que apoyaban la idea de que las mujeres podían ocupar los mismos puestos eclesiales que los hombres, y eso fundamentado en una interpretación feminista, avant la lettre, de la Biblia. No sorprende que estas mujeres hubieran defendido las ideas de un discipulado femenino.

*Doctor en Filosofía. Director de la Escuela de Estudios Orientales, de la Universidad del Salvador. Docente de Historia de la Filosofía Antigua y de Tradiciones Filosóficas del Mediterráneo Oriental.

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