Avances y retrocesos populistas

Son como reels de Instagram y videos de TikTok. Hechos, acontecimientos y noticias fugaces se suceden frenéticamente. El gobierno de Javier Milei se mueve al ritmo de su tiempo y lo acelera. El vértigo manda. Números, palabras, decisiones, cambios de nombres, políticas, normas, muchos gritos, algunos argumentos e infinitas descalificaciones. Unos tapan a otros. Pero dejan sedimento.

En ese frenesí, el oficialismo teje y desteje con igual ahínco en casi todos los frentes. Abre disputas que no cierra. Gana y pierde batallas sin cesar. Así, entre los múltiples escenarios en los que se desarrolla la actualidad política, la Cámara de Diputados ofició esta semana de sintetizador del presente.

Por un lado, el ahora un poco menos reluciente jefe de Gabinete, Nicolás Posse, y el ministro del Interior, Guillermo Francos, consiguieron hilvanar (pero aún no bordar) algunos acuerdos mínimos con los sectores dialoguistas para sacar adelante la “Ley de Bases”. Casi un logro.

Al mismo tiempo, el pequeño bloque oficialista de la Cámara baja (más anarcolibertario que nunca) se fracturó con escándalo. Como para acentuar su fragilidad operativa y ahondar las dudas sobre su consistencia.

No obstante, la Casa Rosada lo presenta como un paso crucial hacia lo consolidación del mileísmo puro. Todo bajo el control de la hermanísima Karina, “El Jefe”, que se ocupa de lo que el Presidente prefiere no ocuparse. Sobre todo de la construcción política y de otras tareas concretas, contantes y sonantes.

En simultáneo, el Presidente sale de gira por los Estados Unidos y Europa en su rol principal de rockstar de la nueva derecha internacional. Al mismo tiempo que desde los medios tradicionales y sus cuentas en las redes sociales se dedica frenéticamente a fogonear la batalla contra todo aquel que exprese una visión crítica de él, de sus políticas o de sus métodos, dude de sus éxitos o simplemente deje expuestas inoportunas creencias de alguno de sus representantes. Es su “batalla cultural”, como dicen los libertarios. O la disputa lisa y llana por el poder, como enseñan la tradición y los textos.

Entre todos los avances y retrocesos, es esa una materia en la que Milei nunca pone marcha atrás ni ha dejado de acelerar hasta acercarse a las costas del abusoNada nuevo en la Argentina, podríamos decir, ni nada que él no hubiera practicado antes de llegar a la Casa Rosada, aunque entonces no tenía las responsabilidades, las obligaciones ni el poder que tiene desde que es presidente de la Nación.

La extensión y profundización de los ataques al periodismo concretados esta semana alcanzaron un pico que ya dejó atrás el récord que había logrado en sus primeros 100 días de gestión, período en el que el Poder Ejecutivo nacional concentró la autoría del 40% de las agresiones a periodistas, según registró el Monitoreo de la libertad de expresión del Foro de Periodismo Argentino (Fopea).

En ningún caso se trató de refutaciones, discusiones o críticas de parte del Presidente sino de descalificaciones, estigmatizaciones, acusaciones sin fundamentar e insultos que tuvieron como destinatarios a los periodistas en general y por víctimas particulares a profesionales como Jorge Fernández Díaz, Joaquín Morales Solá, Jorge Fontevecchia, Romina Manguel y María Laura Santillán, entre otros y solo por esta semana. Si no se pareciera demasiado a un plan de acción cada vez más consistente podrían considerarse arrestos y excesos temperamentales.

Preocupación internacional

La permanencia de esos ataques ha empezado a trascender las fronteras. En las últimas dos semanas, funcionarios de al menos cinco embajadas de las principales democracias occidentales han manifestado su inquietud y consultado a periodistas argentinos y corresponsales extranjeros respecto del estado de la libertad de expresión y la libertad de prensa en la Argentina.

Como es obvio, las consultas no fueron hechas por iniciativa propia de los representantes de esos países en la Argentina sino a instancias de sus respectivos gobiernos. La diplomacia y las relaciones internacionales se desenvuelven en muchos planos. No son unidimensionales, pero a veces convergen. Por ahora, desde afuera miran, suman y restan con interés e inquietud para tratar de hacer un balance de los primeros cuatro meses del nuevo Gobierno. Les despierta la misma perplejidad, asombro y expectativa que a la mayoría de los argentinos.

En ese maremagnum constante y revuelto (como el pelo presidencial) aportan su montaña de arena la dirigencia política libertaria y opositora, activistas virtuales y reales del oficialismo y periodistas militantes de nuevo cuño. Incluidas cuentas falsas de redes sociales, que ponen en ridículo hasta al Presidente y al principal ministro del Gobierno, Luis Caputo. Demasiados elementos en acción como para filtrar sin demasiado esfuerzo lo efímero de lo perecedero.

En todos los planos se reproduce la misma dinámica. El respiro que anteayer concedió la CGT en la civilizada reunión que mantuvo con Posse y Francos en la Casa Rosada fue interrumpido en menos de 24 horas por la agitación de la convocatoria a un paro general para dentro de casi un mes y una movilización para el 1° de mayo, más la participación en la marcha contra el ajuste a las universidades nacionales, que se hará el próximo 23 de este mes. Serán tres semanas de superacción. No hay contradicción. Lo que ocurre en la dimensión sindical puede resultar paradigmático.

Debajo de la espuma de la reacción de los jerarcas sindicales contra la política del Gobierno queda la concesión (verbal) de la dirigencia a discutir lo que hasta ayer era indiscutible, como es la legislación laboral. También quedó la predisposición oficial de homologar los aumentos salariales acordados en las negociaciones paritarias que Caputo (Toto) puso en el freezer.

Son postales de los tiempos que corren. Para entender mejor matices y dualidades se aconseja observar una diferencia clave en las fotos cegetistas de ayer y anteayer. En el diálogo en la Casa Rosada estuvo Hugo Moyano, en la declaración de guerra, su hijo Pablo. Juegos de roles.

Sindicalistas, políticos opositores y funcionarios, todos sobreactúan promesas y compromisos de pago de cumplimiento difuso, que las partes aspiran por igual a poder cobrar algún día. Dependerá de quién tenga poder para ejecutarlo llegado el momento. Dependerá de los resultados de la economía y la paciencia social. Hoy se lo disputan en una pulseada permanente e incierta, que, al menos en el terreno simbólico, va ganando el Gobierno, a pesar de sus avances y retrocesos en la práctica.

Triunfos mileístas

Los hechos y los temas dominantes en la agenda pública demuestran que el Presidente no deja de correr fronteras que parecían inmodificables y varias de las cuales la sociedad hace mucho demandaba que se movieran y nadie se atrevía a hacerlo después de demasiado años de frustraciones, más de una década de estancamiento de la economía y del fracaso de todas las fuerzas políticas que lo precedieron.

La desregulación económica, la revisión del ordenamiento laboral, la lucha contra la dirigencia establecida y los privilegios están entre esas demandas. Un reseteo del sistema, en definitiva. Ese es el gran mandato y la gran promesa. El punto de confluencia de la oferta y la demanda política de 2023.

Milei sigue hoy encarnando y alimentando la expectativa de ese cambio radical como para entender la permanencia de su popularidad en medio de tan pocas efectividades conducentes, tantos ajustes sobre los bolsillos y tantos ataques sobre los símbolos hasta hace nada sagrados y sobre algunos derechos conseguidos.

Los excesos suelen resultar artilugios eficaces para ocultan o disimular concesiones y defecciones. Así han gozado de tolerancia y aceptación, al menos hasta ahora, la designación de funcionarios de “la casta”, la continuidad de los beneficios a sectores privilegiados y prebendarios. O, más recientemente, la postulación para integrar la Corte de uno de los jueces más sospechados y con más terminales en los grupos de poder, como Ariel Lijo. Un magistrado que goza de apoyos tan variados que algunos objetores han sido destinatarios de gestiones de buenos oficios para tratar de hacerles cambiar de opinión de parte de antiguos jueces, empresarios, lobistas de fuste, periodistas famosos y hasta de conocidos barrabravas. Singularidades del “fenómeno barrial”, como le gusta autodefinirse con sorna y orgullo el mileísmo.

Nada es muy original. Los tópicos se repiten, como en otros procesos disruptivos. Pero no carecen de eficacia. Campaña permanente, construcción de enemigos, fabricación de amenazas, disputa constante por el relato, y el dominio de la agenda pública.

Son escenas de hoy pero pueden ser situaciones de ayer, repuestas con un cambio de vestuario y una inversión del espacio desde el que se representan. Todo arropado por el sex appeal de la figura del antihéroe. El contrapoder. Las víctimas rebelándose contra sus victimarios. Aunque se lo haga desde el poder. Populismo de manual. Solo cambia el signo y la dirección.

Ayer fue el kirchnerismo, y más aún el cristinismo, apalancado en un mayoritario apoyo popular y en una grey militante hasta el fanatismo y sostenido por sectores del establishment real y plataformas de amplificación comunicacional que agrietaba las medianeras de los vecinos y ampliaba sus fronteras, al compás de un clima de época fraguado al calor del colapso de la hegemonía neoliberal.

Hoy domina la contracara del mileísmo, con apoyo popular y de sectores del establishment (otros) potenciado por una parte creciente del viejo y, sobre todo, del nuevo aparato comunicacional y una espontánea, pero no inorgánica, militancia fanática.

Todo expuesto desde la expuesta (y exagerada) debilidad, una fragilidad que se sostiene en aquellos pilares y en la decisión y la convicción de un líder iluminado convencido de estar haciendo lo correcto, lo único que se debe y puede hacer para cambiar, para hacer que el país crezca y para dejar atrás una historia de fracasos que arrasó con los sueños de varias generaciones de argentinos.

Los otros (el enemigo) son los que no quieren la transformación, los que pretenden sostener el statu quo decadente que los beneficia, los que apuestan al fracaso para ocultar los propios y/o en defensa de sus intereses, obviamente espurios, inconfesables, egoístas, corrompidos y perversos.

El debate está cancelado y esa es la batalla que se libra en estos días de agitación creciente.

Todo funciona mientras el poder pueda apreciarse como contrapoder y hasta que los resultados lleguen. Los avances y los retrocesos mantienen la incertidumbre. Tanto como sostienen la expectativa. Como en las redes, nunca faltan contenidos para entretenerse.

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