Pesaj, Milei y la Ley

Pesaj, Milei y la Ley

Dentro de esa gran pieza literaria que es la Torá, en el capítulo XI del Éxodo, “Dios” -que no aparece con ese nombre, sino como YHVH, un tetragrama impronunciable- pergeña una de las peores tragedias sufridas por el ya entonces muy antiguo Imperio de los egipcios: aquella donde morirán los hijos “desde el primogénito del Faraón hasta el de la sierva y el de la bestia”, punto máximo en la agria disputa por la liberación de los israelitas.

En el capítulo XII, ya decretada la sentencia divina y previo a su ejecución, el Eterno habla para indicar el origen de un nuevo calendario, porque ese momento será considerado el primer mes del año; y dice que “los hijos de Israel” deberán sacrificar un cordero por cada familia, asarlo al fuego y comerlo acompañado de hierbas amargas y pan ácimo (matzá sin levadura). Y explica que todo deberá ser apresurado “porque esta es la Pascua del Señor”: asistimos a la celebración del primer Pesaj de la historia. De inmediato, la voz de YHVH ordena a los hebreos, a través de Moisés, utilizar la sangre de los animales sacrificados para marcar el frente de sus casas, de modo que la matanza que está a punto de suceder no afecte a los suyos. A continuación, Moisés anuncia una serie de restricciones y normas a cumplirse por siempre, porque será necesario “tener memoria de este día, en el cual habéis salido de Egipto, de la casa de servidumbre”.

Efectivamente, luego de la desdicha infringida por su reiterada negativa a dejarlos ir, el Faraón levanta las barreras y “los hijos de Israel” parten hacia la Tierra Prometida, pero antes deberán soportar el Desierto. Allí, en medio de la escasez de agua y de comida, el pueblo “murmura” contra Moisés. “Hubiera sido mejor morir por mano del Señor en la tierra de Egipto” susurran, hartos en breve tiempo de las restricciones implicadas en la libertad que acababan de obtener. Moisés sube al Monte Sinaí y recibe de YHVH los Diez Mandamientos. Baja. Vuelve a subir. Y permanece en las cumbres 40 días y 40 noches en los que el Eterno le transmite, con lujo de detalle, una gran cantidad de normas complementarias, suerte de incipiente código civil, comercial y penal para la flamante nación nómade, y le entrega las Tablas de la Ley. Mientras tanto el pueblo, desesperado de tanto esperar, convence a Aarón -hermano mayor de Moisés- de que autorice la construcción de un Becerro de Oro, para poder adorarlo en reemplazo de YHVH y dar así por concluida su corta paciencia con la Ley y con el dios invisible: regreso a lo arcaico, al brillo tentador del aurífero del metal, a las creencias que estaban mandados a dejar atrás junto con la esclavitud.

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En una entrevista concedida el 14-04-24 en Estados Unidos al periodista Ben Schapiro, mientras justificaba su apoyo irrestricto al actual gobierno israelí, el presidente Javier Milei dijo que "sin lugar a dudas el máximo héroe de la libertad de todos los tiempos es Moisés", que “el día que leés sobre Moisés te convertís en un talibán de la libertad", que "las ideas de la libertad están en Estados Unidos, aun cuando en los últimos tiempos fueron degradadas y se hayan apartado de la senda", y que "esas ideas están aún en Europa, cuando están abarrotados de regulaciones que los mantiene estancados. Pero sobre todas las cosas, esos valores están en Israel", por lo cual "es muy importante entender el vínculo de la libertad con Israel.”

Ante esta catarata de afirmaciones sobre asuntos tan arduos, importantes y profundos, que el actual presidente argentino arroja ante el micrófono sin demasiado rigor, vale la pena hacerse algunas interrogaciones: ¿de qué tipo de “libertad” es héroe Moisés?, ¿por qué alguien que predica contra toda regulación social reivindica al mismo tiempo la figura de un líder que -con el respaldo del Eterno- se dedicó precisamente a establecer las leyes, reglas y normas que encontraron su máxima expresión en las Tablas de la Ley? Si la “justicia social” no es en palabras de Milei más que una “aberración”, ¿cómo se explica su entusiasmo por un movimiento político emancipador que por primera vez en la historia otorgó derechos a una vasta masa de esclavos?

Por otra parte, su admirado actual gobernante de Israel, que llegó al poder hace tres décadas luego de un doble crimen (el asesinato de Isaac Rabin y el de la Paz de Oslo), que somete militarmente a un pueblo vecino, que impone a los propios israelíes innumerables restricciones derivadas de tal avasallamiento, y que a partir del horrendo ataque del 7 de octubre de 2023 aplica en Gaza una masacre apartada de toda normativa internacional, ¿está haciendo honor a esa “libertad” sesgada por la Ley que invoca Moisés en el Desierto, o se acerca más bien a la “libertad” despótica con que el Faraón disponía sobre la vida y la muerte de los hebreos?

La respuesta a tantas preguntas parece llevarnos a un nudo insoslayable: la “libertad” que defiende Milei no es la que se predica en la Torá, sino su opuesta. Lo que este presidente sostiene es la “libertad” antojadiza del “hago lo que me da la gana”, de la potestad -muy alejada de toda búsqueda de armonía social, de Justicia, y por supuesto, de las Tablas de la Ley para dominar a los débiles a través de la fuerza bruta de los fuertes. Es también la “libertad” de los impacientes que construyeron el Becerro de Oro, provocando la destrucción encolerizada por parte de Moisés de la primera versión de esas Tablas.

En estos días de Pesaj, en que celebramos y enaltecemos la gesta libertadora del pueblo hebreo (primera revolución social de la humanidad), parece importante recordarle a Milei y a los destinatarios de sus dichos al menos uno de los Mandamientos: “No pronunciarás el Nombre del Eterno en vano, porque no tolerará el Eterno que Su Nombre sea invocado falsamente.” (Éxodo XX, 7)

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