Carlos Mugica, el cura sin sotana

Carlos Mugica, el cura sin sotana

En la tarde del 11 de mayo del 1974, amontonados o hechos un bollo romántico con Marcela, en un sillón de una plaza, mirando la televisión en blanco y negro de un programa para el olvido, aparece de pronto un periodista informando que hacía pocas horas habían asesinado a Carlos Mugica, fusilado junto a un acompañante en la vereda de la iglesia donde había dado misa un rato antes. Quedamos helados.

"Qué hijos de puta, mataron al único cura que conozco comprometido con la justicia social, seguro que fue la triple A", dije y, de remate, pensé que me podrían haber baleado a mí como hicieron con su acompañante circunstancial.

Cursábamos segundo año de la carrera de economía en la UCA, facultad donde todas las paredes estaban perfectamente pintadas de blanco, los pisos impecables, los carteles en la cartelera y los profesores llegaban a horario de sus oficinas profesionales, cuando mi amigo de estudio, Hugo, me dice en un intermedio: "Gallego, tenés que conocer a un cura fantástico, da misa los domingos cerca de casa y después, si te gustó el sermón, podemos esperarlo afuera para charlar con él”.

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Y sí, fuimos a misa esa misma tarde y lo esperamos a la salida, en un mes cualquiera del otoño de 1970. Era la época en que el Cordobazo ya había sentenciado al gobierno dictatorial de los militares al basurero de la historia argentina; en París, los estudiantes habían dado cátedra de democracia en las calles; y EE.UU. no sabía cómo retirarse de Vietnam sin que quedara en evidencia y a ojos vista que había sido ferozmente derrotado. Caían sin atenuantes los gigantes armados.

Carlos Mugica, el cura sin sotana

Y en ese clima mundial, un sector importante de los jóvenes en general y de los católicos en particular, empezamos a mirar con simpatía y ávidos de participación a las movilizaciones de Juan Pueblo y, en especial, a Cuba, cuyos dirigentes hablaban de la solidaridad y repudiaban abiertamente la injusticia social.

Carlos se encargó del resto. En la puerta de la iglesia nos citó para dos días después, martes a las 10 de la mañana, en el café El Blasón de Las Heras y Pueyrredón.

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Llegó puntual con vaqueros y sin sotana y recuerdo que nunca lo vi con el atuendo de los curas. Lo que sí llevaba era el cuello de plástico blanco que le servía como carnet de presentación que era religioso, dentro de una camisa de trabajo color celeste apagado. Era delgado, de mediana estatura, rubio, con ojos claros e inquietos y nariz de haber boxeado alguna vez en su juventud.

Padre Mugica
Carlos Mugica, el cura villero sin sotana que fue un referente nacional para sus contemporáneos.

Carlos Mugica se sentó para decirnos, en un idioma campechano, entre otras cosas, que estar con Jesús era ayudar y comprometerse con los pobres y humildes, frase corta y categórica que caló profundamente en mi mente y sentimiento.

Nos vimos una semana después y me invitó a su casa, un departamento muy humilde de un ambiente donde estaba todo lo imprescindible y nada más: una mesa, dos sillas, una cama, un ropero y un bañito en el último piso, en la terraza del edificio donde vivía su madre, en una zona muy paqueta, a dos cuadras de Pueyrredón y Las Heras, en pleno Palermo, y que el consorcio le había permitido construir.

Charlamos largamente, sobre todo de mi vida. Le conté que en ese verano había ido a Palpalá, Jujuy, donde están los Altos Hornos Zapla, con un grupo católico y misionero y que predicábamos la religión a secas. Dormíamos en una escuela prestada y todos los días íbamos a recorrer los barrios y dejarles un volante por las casas de los obreros de Zapla para invitarlos a ir a la iglesia.

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La gente tan humilde nos hacía pasar para compartir sus penurias que eran infinitas. La más preocupante fue que nos encontramos con una población llena de mortalidad infantil porque el viento con las impurezas que salían de las chimeneas siempre iba al barrio obrero, pésimamente ubicado, con lo cual muchos bebés no resistían el aspirar la contaminación ambiental. Pero nunca dijimos ni hicimos nada.
Carlos me escuchaba atentamente y agregó que esos grupos misioneros servían de muy poco porque no le enseñaban o ayudaban a la gente a defenderse. Así de simple.

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Carlos Mugica, entrevistado por Magdalena Ruiz Guiñazú.

Me quedé sorprendido por la crítica a un sector de la iglesia, pero muy entusiasmado por su idea religiosa que trascendía la parte mística para enfocarse en los problemas concretos del hoy y ahora. Concepto que no lo había escuchado nunca en mis jóvenes 20 años a pesar de haber ido a la primaria, secundaria y universidad católica, porque siempre la constante religiosa había sido rezar por las almas pecadoras, arrodillarse y pedir perdón por lo hecho o pensado. Pero con Carlos ya no era confesarse e ignorar a la sociedad humillada, él nos proponía actuar desde cualquier lugar o trinchera social para acompañar en sus derechos y defender a esa inmensa población sin futuro. Además, vivir en consecuencia, con humildad, siguiendo esos ideales, y para eso daba el ejemplo.

La constante religiosa había sido siempre rezar por las almas pecadoras, arrodillarse y pedir perdón por lo hecho o pensado. Con Carlos ya no era confesarse e ignorar a la sociedad humillada"

Durante un tiempo fui varias veces con él de acompañante a la villa de emergencia 31, la famosa “Comunicaciones”, donde tenía su búnker, una pequeña y pobre iglesia para gente pobre, y podía predicar en los hechos, con ellos en los asientos, que había que defenderse de los ladrones de guante blanco.

Poco después no lo vi más personalmente. Lo seguía viendo, sí, pero por la televisión ya que era un referente nacional muy consultado de los curas del Tercer Mundo, una organización de muchos curas que buscaban otra iglesia, que estuviera realmente comprometida con los trabajadores y pobres.

Y, como dirigente indiscutido de esas decenas de sacerdotes que no se callaban nunca y por sus posiciones atrevidas y amplificadas por los medios, fue sistemáticamente denostado por la iglesia conservadora. Su rebeldía y audacia lo llevó a apoyar la lucha armada contra la dictadura, viajó en el chárter que trajo a Perón, fue asesor del Ministerio de Bienestar Social con Cámpora y renunció cuando asumió López Rega en ese ministerio, además de que no aceptó ningún puesto político que le ofrecieron desde el P.J.

Claramente fue un cura totalmente diferente y comprometido en cuerpo y mente, a pesar del país violento en el que vivíamos.
Me había ofrecido conectar con otros grupos católicos más activos y peronistas, pero mi sendero siguió por los pasillos de la facultad, donde un grupo no muy numeroso, pero importante, iniciamos una ruptura con los programas de estudio y contra los profesores más retrógrados del sistema.

De ese grupo que apoyábamos a los curas del Tercer Mundo, algunos compañeros se fueron al peronismo, otros a la guerrilla, los menos a la izquierda y no pocos volvieron a las fuentes para ser funcionarios del gobierno de turno.

Fueron años de plomo y la sociedad argentina toda, compañeros de facultad, amigos, familia, se fue dividiendo mucho más rápido de lo esperado. Se intensificaron los conflictos fabriles, la guerrilla se hizo fuerte y apareció la triple A con sus ejecuciones sumarias. Lentamente empezó la militancia, delegados y activistas sindicales, estudiantiles, actores, intelectuales a entrar en la clandestinidad o a irse del país. Es que muchos fueron detenidos, torturados o asesinados, ya no se podía hablar con cualquiera.

Mugica, Rucci y los “pequeños burgueses” montoneros

Carlos Mugica, que tomó siempre una posición de adhesión pública al peronismo, desde el año 73 empezó a polemizar y criticar muy duramente al sector que seguía en la lucha armada por no respetar y esperar al gobierno elegido democráticamente.

También sabía que, aunque apoyaba al Gral. Perón, él estaba amenazado por las bandas fascistas que operaban con total impunidad, pero ni se fue del país ni se escondió. Andaba por la vida con toda la energía que tenía, predicando a viva voz un Jesús que reclamaba ante todo la justicia social para los humildes.

¡¡¡Y no lo perdonaron!!! López Rega, que construyó un poder policial omnipotente desde el Ministerio de Bienestar Social, fue el verdugo intelectual, y sus laderos, los ejecutores.

Fui a su velorio y en un primer momento un sector de la Juventud Peronista Lealtad acusó del crimen a otro sector de la JP, Montonera, que enfrentaba al gobierno del General Perón, dejando un aire turbio y pesado donde las ametralladoras podían aparecer en cualquier momento y silenciar los debates que se debían puertas adentro.

Habían pasado cuatro años intensos desde que nos conocimos y ahora yo podía analizar y disentir de sus posiciones políticas, pero como a un padre al que se le quiere de corazón, no me importaron las diferencias y lo quise siempre, como hoy, porque fue el hombre que me abrió las puertas, a mí y a miles, al mundo de las grandes mayorías, al cual yo no pertenecía, para que lo conozca, lo viva y lo toque sin miedos ni condiciones. Y a ese mundo adherí plenamente.

* Licenciado en Economía

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