Edgardo Cozarinsky: estela del último dandy

Edgardo Cozarinsky: estela del último dandy

Que no pueda recordar ahora el momento exacto en que nos conocimos solo puede ser debido a la delicada cortesía de Edgardo Cozarinsky. A caballo de manera permanente entre la elegancia y el misterio, cada uno de sus gestos reforzaba siempre la necesidad de hacer memoria, proscribiendo toda nostalgia posible y teniendo a raya, con profiláctica ironía, la irremediable cuota tan necesaria como empalagosa del afecto (sobre todo entre aquellos individuos que se encuentran en algún lugar de la mirada).

Pero recuerdo con sorprendente nitidez la mayor parte de los momentos que compartí, debido a la generosidad de su trato –que prodigaba a raudales– y su curiosidad infinita, con Cozarinsky; o tal vez, como él decía, se deba a que la memoria funciona más bien como un montaje cinematográfico, que actualizamos y manipulamos cada vez que nos disponemos a narrar lo vivido, por lo que resulta más bien probable que la materia escrita tenga menos de evocación y más de figuración: se non è vero, è ben trovato.

Cineasta en la misma medida que escritor, todo con él entrañaba una aventura, pero a la manera de una experiencia imprecisa; algo a media luz entre la ilegalidad y el secreto, la sorpresa y el encanto: animal nocturno, su manera de leer los libros y las cosas del mundo subraya algo no por evidente menos verdadero: la excentricidad no se cultiva, se asume como una preciada pertenencia.

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El paisaje en movimiento que componen sus libros entraña una originalidad ecualizada por una erudición distentida y una sobriedad en el enfoque nutrida por la charla de la vida: en sus novelas el lenguaje se escucha porque hay una vocación natural por entender, pero sobre todo de registrar (pienso en El rufián moldavo, cuando desde la primera línea señala una poética, o mejor dicho, un mandamiento: “Los cuentos no se inventan, se heredan”; al que pronto le sigue este otro, certero: “Los sueños son la única manera que tienen los muertos de comunicarse con nosotros”).

Argentino transterrado en París –donde desarrolló una carrera prolífica y fascinante como cineasta, sobre todo en su género perfeccionado del ensayo, menos como un documental y más como una serie de citas entre lo público y lo privado y donde brilla como una gema La guerre d’un seul homme (La guerra de un solo hombre), explorando los diarios de Ernst Jünger durante la ocupación alemana–, en varias ocasiones recordamos la queja de Severo Sarduy (a quien trató en París y de quien me dijo le gustaba “su manera de hablar como moviendo unas maracas”) frente a Witold Gombrowicz, cuando lamentaba su condición de exiliado en Francia, a lo que Witoldo supo responderle: “¿Y qué me decís vos de un polaco en Argentina?”. Calculo que a Edgardo le divertía la idea de un xalapeño en Buenos Aires.

Dotado con un imán perfecto para conectar con almas forajidas, uno de sus puntos más plenos, tanto en sus películas como en sus libros, es la relación con la ciudad, y de manera muy concreta con Buenos Aires, como en el caso del film Nocturnos y también Ronda nocturna, donde la ciudad opera como texto y escenario para asimilar la vitalidad, la piedad y la miseria, que en el caso de Buenos Aires puede aludir también a cualquier otra ciudad, pero sin renunciar a sus huellas digitales y una individualidad a prueba de balas: las películas de Cozarinsky –ambientadas en lugares tan dispares como Tánger, Viena, Budapest, Roterdam, San Petesburgo o la Patagonia– nos recuerdan que la ciudad, pese a ella y a nosotros, nos pertenece. Caminamos sus calles, habitamos sus huellas: la ciudad es domeñable y sin embargo el instante incidental es infinito.

Considero sin embargo que Edgardo Cozarinsky es sobre todo un ensayista. Basta leer Vudú urbano para percatarse de su auténtica devoción por la materia de las citas, ese arte mayor que demuestra como nada que la calidad en la lectura es el combustible necesario para una escritura poderosa y que él, como articulan solo algunos artesanos consumados, elevó al grado de práctica absoluta: “Las citas que unen y separan estas tarjetas postales son un residuo de la lectura, costumbre que cada vez menos me parece diferente de la escritura. A estos objetos hallados, a la palabra escrita ajena, quise confiar la continuidad de mi palabra escrita: la iluminación, brutal o pérfida, del texto que se acaba de leer”.

Fue anclado en las palabras de otros que Cozarinsky inventó su propio género literario: una suerte de miniatura aparente que al momento de tocarla se expande como una enredadera de citas, donde la ficción no es menos cierta que la memoria, ni la memoria menos fugaz que nuestro olvido: hay una dignidad secreta en todos sus personajes que se resuelven en gestos de hondura mayor; esos mismos gestos con los que encuentra tejida la gran literatura y que no es otra cosa que prestar atención a las entrañas del lenguaje; a sus fisuras y miserias que nos devuelven una imagen acabada de los otros, no tanto a través de lo que aseveran o argumentan sino más bien en lo que sucede alrededor de sus silencios.

De sus ausencias.

Podría pasarme varias noches citando libros, anécdotas y relatos indefendibles sobre y desde Edgardo Cozarinsky; ya fuera su conocimiento de Agustín Lara y Toña la Negra o de su viajes por templos del sudeste asiático y el interior de Veracruz e incluso de su pasión por el tango, devoción a la que, adolescente, opuse estúpidos reparos solo para que él, con su sonrisa malévola y su mirada azul sennelier, me respondiera en el boliche de Roberto: “El tango espera”.

Tuve la fortuna de verlo todavía hace unos meses, en Buenos Aires, cuando me dio un pequeño libro titulado Palabras prestadas, y es de ese hermoso florigelio, que celebramos acodados en Los Galgos, de donde extraigo el epitafio de W.B. Yeats, traducido en sus palabras:

“Echa una fría mirada/ a la vida, a la muerte./ Jinete: no te detengas”.

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