El manga japonés en Argentina

El manga japonés en Argentina

Parte I

Según el Informe de Producción del Libro Argentino 2023, realizado por la Cámara Argentina del Libro: “…en 2023 las obras traducidas desde el japonés reunieron por primera vez el 5% de las traducciones con un total de 107 publicaciones”. También destaca que en años anteriores se realizaron traducciones del japonés con los siguientes guarismos: 2022, 2%, y 2021, 1%. El crecimiento pospandemia es evidente. ¿Por qué?

La palabra mágica es una: manga. Un fenómeno editorial, también cultural, que ya ocupa un lugar en la sociedad argentina y sobre el que trataremos de acercar información sobre su origen y propagación. Una de las fuentes es el libro en preparación sobre el tema del sociólogo argentino Diego Labra, con edición de Matías Raia, a publicarse en el curso de este año en la editorial Tren en Movimiento.

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La lengua japonesa utiliza ideogramas (llamados kanji). Con dos de estos da un significado aproximado al término manga como “imágenes improvisadas”, o también “dibujos caprichosos”. Valdrían otras: “bocetos rápidos” y “garabatos”. Hoy dicho término designa a las historietas. La misma raíz semántica existe en coreano (manhwa) y en chino (manhua).

Como efecto de la importación de términos y temáticas desde Oriente, Diego Labra propone un término compuesto para analizar este fenómeno: manganimé. Animé designa a la animación de dibujos en su forma de corto o largometrajes, con un estilo gráfico proveniente del manga. El uso del término compuesto remite al desarrollo del arte japonés, más precisamente a dos facetas que confluyen y podemos diferenciarlas como dinámica y estática. La faz dinámica se encuentra en un tipo de arte denominado emakimono, mientras que la estática consiste en el dibujo específico de índole “caricatura”.

Por emakimono se define una forma de narración horizontal ilustrada (dibujo y pintura), acompañada de expresiones caligráficas, sobre rollos de pergamino, papel o seda; es decir, imágenes y texto que avanzan a medida que se los desenrolla para la lectura. La primera observación: la lectura es de derecha a izquierda, al igual que en la escritura japonesa que, además, se realiza de arriba hacia abajo en dicha dirección.

El uso de rollos para expresar escenas tiene su origen en India, de allí se difundió a China y Corea, siendo adaptado de manera primitiva por Japón en el período Nara (710-794 d.C.). Hacia el 600 d.C., aparecen los primeros ideogramas de origen chino reformados al uso japonés, los ya citados kanji, escritos en una tira de madera. Es decir, en menos de cien años, la forma expresiva de la escritura se expande en la dimensión pictórica. De los emakimonos más antiguos sobrevivieron muy pocos, desarrollando un estilo propiamente japonés y de mayor complejidad en los períodos Heian (794-1185) y Kamakura (1185-1333).

Los primeros rasgos del manga se pueden encontrar en Chooju giga, dibujos satíricos de animales o animales antropomorfos (monos, sapos, conejos), sin uso de textos caligráficos, creados –entre los siglos XI y XII–, por Toba no Sojo, monje budista, astrónomo y dibujante; precursor de la escuela de pintura japonesa Yamato-e. Este animalismo tiene su continuación en Kawo, autor de una pintura con búfalos bañándose donde ya aparece la ausencia de horizonte que será característica de la pintura japonesa, cuestión que también devela la enseñanza del dibujo de manera fragmentaria, algo que el cineasta ruso Sergei M. Eisenstein señalaba en su libro Cinematismo: el pars pro toto (todo por las partes) de este aprendizaje es la fuente primitiva del montaje cinematográfico. Claro homenaje al emakimono y su ausencia de horizonte óptico, es Kagemusha (La sombra del guerrero), 1980, película de Akira Kurosawa.

De este período existe una obra en particular, los Cuentos de fantasmas hambrientos (Gaki zoshi). Este pergamino se realizó a fines del período Edo. Su particularidad conforma la puesta en escena de la mitología budista en torno a los monstruos que sufren, de distintas maneras, el acceso al agua (pureza). El friso superpone personajes, escenas, en una continuidad donde aparece cierto fantasma en particular que lanza llamas y es salvado por un hechizo que le enseña un monje. Fuego, marca que reaparecerá en la realidad y en la ficción japonesa.

A fines del siglo XVIII la palabra manga ya es de uso común, esto ocurre con la publicación de obras como Shiji no yukikai (1798) de Santo Kyoden (su nombre real, Iwase Samuru), poeta, escritor y artista. Él mismo escribía las novelas y a la vez las ilustraba firmando con el seudónimo Kitao Masanobu. Se dice de él que fue el primer escritor profesional de Japón, lo que no lo libró de tener problemas con el gobierno. Por publicar una trilogía crítica fue condenado a permanecer en su casa durante cincuenta días, esposado, por violar las restricciones bajo las reformas Kansei, primeras de una serie desarrolladas en el siglo siguiente para concentrar el poder del caudillo militar conocido como shogún, mantener el aislamiento del Japón y el control de la población, en sí, los primeros pasos hacia la expansión imperial del siglo XX.

Ya en el siglo XIX, el término manga forma parte del título de obras como Manga hyakujo (1814) de Aikawa Minwa, y de Hokusai manga (1814 -1834), que condensa los dibujos de los cuadernos de bocetos de Hokusai (1760 -1849), artista de ukiyo-e, reconocido mundialmente por sus grabados sobre distintas versiones del monte Fuji. Su estilo preciso y mordaz para retratar la vida diaria de la población, también su influencia posterior en el manga japonés, es comparable a la figura de Pieter Brueghel el Viejo (1526-1569) y sus dibujos sobre las costumbres de los habitantes de Flandes.

A Kawanabe Kyosai (1837-1889) se lo considera el sucesor de Hokusai, pero convirtiéndose en un caricaturista independiente. Su vida transcurre del período Tokugawa al período Imperial, es decir el pasaje del Japón del feudalismo a la modernidad y, como sus predecesores, fue crítico con el sistema político, cambio que plasmó en sus caricaturas con intensa ironía. Fue arrestado y encarcelado tres veces por el shogunato, y una vez más por el régimen imperial.

A fines del siglo XIX y principios del XX, aparece un dibujante al que se reconoce como fundador del manga: Kitazawa Rakuten (1876-1955). Hacia 1899 publicó caricaturas en el diario Jiji Shimpo, tres años más tarde en Jiji Manga, página de la edición dominical, donde muestra influencias de las historietas norteamericanas. En 1905, funda la revista satírica, impresa a color, Tokyo Puck. Traducida al inglés y al chino, su obra se difundió en Corea, China y Taiwán. En 1912, publica una revista propia llamada Rakuten Puck, aunque vuelve a Jiji Shimpo, donde permanece hasta 1932.

En 1929, Kitazawa expone en París y recibe la Legión de Honor. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue presidente de Nihon Manga Hoko Kai, sociedad de caricaturistas organizada por el gobierno para apoyar el esfuerzo bélico. En 1966, su casa en la prefectura de Saitama se convierte en el Museo Municipal de Arte de Caricaturas, primer museo público en el mundo dedicado al género. Para tomar dimensión de la relevancia del manga en la cultura japonesa, en 2006 se inauguró el Museo Internacional del Manga de Kioto, el mismo cuenta una colección con 300 mil artículos que incluyen, entre otros, revistas de la era Meiji y libros de alquiler de la posguerra.

Junto con el desarrollo del cine japonés aparecen los animé. En 1907, se creó el primero, Katsudo Shashin, de tan solo tres segundos, con un niño vestido como marinero. Mientras que con más duración, en 1917 aparece , animé mudo, creado por Oten Shimokawa. Se señala a éste, y a los ilustradores Junichi Kouchi y Seitaro Kitayama, como los fundadores del animé. Kitayama, ante la falta de sonido, ideó que aparecieran tarjetas con los ideogramas del diálogo después que los personajes decían algo. No queda testimonio de esta época, porque los estudios de animación de estos y otros muchos artistas, con sus respectivos archivos, desaparecieron en el terremoto e incendio posterior de Tokio del 1° de septiembre de 1923. Fuego otra vez, con 100 mil muertos y el 60% de la población perdiendo sus hogares.

Entre 1930 y 1940 aparecieron las películas de animé con sonido y escenas pintadas sobre celuloide transparente, emulando las técnicas norteamericanas. Mientras tanto, el sintoísmo fue adoptado como religión de Estado, se militarizó la sociedad, más muchos otros factores que llevarían a Japón a un fanatismo nacionalista de expansión territorial, materializada en la invasión de China, Corea, Indonesia y su ingreso a la Segunda Guerra Mundial.

En ese entorno, los creadores de manga y animé, si no eran enviados al frente de batalla, se veían obligados a trabajar para el régimen, que había abolido cualquier tipo de crítica. Fue así como aparecieron varios estudios de animación financiados por el Estado. Producto de esto fue el largometraje de propaganda militarista animado Guerreros del Mar Divino, donde animales antropomórficos van a la guerra.

La catástrofe de fuego ocurre, otra vez, en 1945. Entre el 9 y 10 de marzo, Tokio sufre el bombardeo incendiario más destructivo de la historia humana: 100 mil muertos. Pero Japón no se rinde. El 6 y 9 de agosto, Estados Unidos arroja bombas atómicas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, que producen más de 250 mil muertos. A la rendición sigue la miseria y la lenta reconstrucción de la vida cotidiana. Con el Plan Marshall, la sociedad nipona enfrenta un conflicto entre la culpa, el sufrimiento y la conjetura sobre su propia identidad. ¿Debían reconstruir una patria o una civilización?

Es aquí donde el manga –no solo popular sino publicación formadora de niños, jóvenes y adultos– oficia de herramienta de difusión de una nueva posibilidad, de un futuro. Ante una realidad dolorosa, plagada de sufrimiento y pérdidas, será un pequeño bálsamo imaginario, entrañable y duradero, que se expandirá por todo Japón. La figura clave para que ocurra esto es Osamu Tezuka (1928-1989), mangaka y animador, llamado El Dios del Manga.

Tezuka revoluciona el manga. Influenciado por Disney, extiende la narración superando las breves historias tradicionales, para ello introduce el story manga, de mayor extensión, con viñetas dinámicas, con muchos más cuadros, en narraciones de mayor complejidad y en varios tomos consecutivos. Por ello adaptó obras literarias al formato, como Crimen y castigo y La isla del tesoro. Con una productividad asombrosa, Tezuka realizó 700 mangas, dibujando más de 150 mil páginas y sesenta películas animadas. Pero antes de profundizar en ellas, vayamos a otro monstruo del celuloide, esta vez fantástico, o no tanto.

Al fuego de las explosiones atómicas de 1945, siguió el efecto de la radiación, su contaminación lenta y destructiva. El 1° de marzo de 1954, los 23 tripulantes del barco pesquero se encontraban fuera de la zona de exclusión durante la detonación de una bomba de hidrógeno en el atolón de Bikini (Islas Marshall). La distancia calculada por los norteamericanos resultó escasa, motivo por el cual la nave pesquera sufrió una lluvia de coral radiactivo. Al llegar a Tokio, los síntomas y el sufrimiento por radiación en esos hombres impresionó a toda la sociedad.

Inspirado en estos desastres, ese mismo año aparece , el gran monstruo mutante radiactivo que lanza llamas por la boca. Poderoso destructor, y a la vez justiciero, es la bestia fundante de un género de películas en torno a tales figuras, el kaiju. Con él se realizaron 32 películas japonesas y cinco estadounidenses, completa este último número Godzilla x Kong: the New Empire, lanzada a fines de marzo pasado.

Junto al monstruo mutante también se desarrolló el animé como cultura de entretenimiento para exportación y así ambos poblaron las pantallas de la televisión mundial desde la década del 60 en adelante. En tal vorágine, volvamos a Tezuka, que entregó éxitos en cine y series, a saber: Kimba, el león blanco y su gran caballo de batalla y Astro Boy. Este último fue una serie publicada como manga entre 1952 y 1968, que luego pasó al formato serie animé para televisión. Se calcula que la franquicia de productos en torno al androide de ojos redondos, al año 2004, había generado más de 3 mil millones de dólares en todo el mundo.

Todos estos productos ingresaron en el imaginario infantil argentino por la televisión abierta, sumando un nuevo héroe en la década del 70, Meteoro (Mach GoGoGo), serie animé sobre un joven corredor de autos creada por Tatsuo Yoshida, que contó con 52 episodios lanzados en Japón entre 1967 y 1968. ¿Pero estos productos alcanzaron para generar el interés actual por el manga en el lector argentino? A continuación veremos que la fidelización del público necesitó de una asimilación más intensa de la cultura japonesa, esta vez de la mano de la globalización y las nuevas técnicas de difusión.

En un artículo publicado en la revista Question, Vol. 1, N° 39 (julio – septiembre 2013), titulado “Tres momentos de la circulación del animé y el manga en Argentina”, Germán Martínez Alonso (UBA) designa como masificación al período que se inicia en el país alrededor de 1990 con el crecimiento de la televisión por cable. Con este llegan señales de entretenimiento para niños y jóvenes, con programaciones durante las 24 horas. Primero The Big Channel y cinco años después, Magic Kids. Ambas ligadas a importadoras de juguetes, pero la segunda con producciones propias.

Explica Martínez Alonso: “Con la aparición de Magic Kids, los animé comenzaron a ocupar un lugar central en las programaciones de ambos canales infantiles, que les destinaban múltiples espacios en sus grillas, con repeticiones a la madrugada, la mañana, la tarde y la noche. Una de las primeras series emitidas por la señal fue Los Caballeros del Zodíaco, estrenada en abril de 1995 y, al año siguiente, se le sumaron Sailor Moon y Dragon Ball”. Pero también otro hito despertó el interés del público joven y adolescente: “Locomotion, canal de animación para jóvenes y adultos que había iniciado sus transmisiones a fines de 1996, comenzó a emitir varias series de animación japonesa al finalizar la década, entre ellas, Neon Genesis Evangelion, una serie de culto entre fanáticos del animé, que se había propagado en el circuito under desde hacía varios años”.

Para Diego Labra, en la introducción a su libro, “los lectores locales comenzaron a familiarizarse con la historieta japonesa gracias a los saldos españoles y el emergente circuito de comiquerías. Dos hitos permiten ubicar el inicio en torno a 1991: la importación desde España de Akira de Ediciones B y la publicación de Xenon en la revista antológica Cóctel. A partir de allí, el fenómeno se propaga rápidamente. En 1994 aparece RAN, el primer fanzine especializado en el tema. En 1995, debuta en la grilla del cable el canal infantil Magic Kids, gran responsable de la popularización del animé en el país. En 1997 se funda la editorial Ivrea y aparece su revista especializada Lazer. Finalmente, en 1999, la misma casa distribuye el primer manga oficialmente editado en Argentina”.

Es decir, a comienzos del siglo XXI, al animé emitido en el país siguieron las publicaciones de las versiones manga de esas animaciones, traducidas del japonés con modismos rioplatenses e impresas replicando el formato, color, papel y calidad de los tradicionales libros del género en Japón. La escala de difusión y la publicación en varios tomos del animé respectivo se distribuyó en kioscos de revistas, disquerías y librerías. Estas últimas también surgieron como especializadas, al día de hoy se estima que existen 200 comiquerías en todo el país.

Y un último detalle: un libro de manga se lee de manera inversa al modo occidental. De atrás hacia adelante al recorrer las páginas, es decir, el final es el comienzo. Lo mismo con los cuadros de la página y los textos, en la figura adjunta pueden apreciar el sentido de tal lectura. En la próxima nota respecto al fenómeno manga en Argentina, trataremos de analizar no solo los contenidos sino también qué efectos produjo y cómo su crecimiento generó tantos seguidores, de todas las edades, desde una cultura hermética, en tanto insular y antípoda de esta pampa un poco más que problemática…

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