Cuando dar polenta es tener poder

Cuando dar polenta es tener poder

El Presidente Javier Milei durante su discurso en el Instituto Hoover de la Universidad de Stanford, en San Francisco, California (EEUU), dijo: "¿Ustedes se creen que la gente es tan idiota que no va a poder decidir? Va a llegar un momento donde la gente se va a morir de hambre".

Una vez más sus declaraciones generan polémicas, controversias, por eso cabe reflexionar sobre la problemática del acceso a los alimentos, específicamente sobre las consecuencias de una mala nutrición y cómo esta carencia afecta el cerebro.

Cabe recordar que los comedores no son un fenómeno del siglo XXI y al intentar determinar el origen es imposible dejar a un lado los acontecimientos políticos, económicos y sociales pues determinan la aparición de dichas organizaciones; no existe surgimiento alguno que no esté atravesado y condicionado por tales factores. En Europa se sabe que las organizaciones dedicadas a dar una respuesta alimentaria se sitúan en el siglo XVIII.

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En Estados Unidos la creación del primer comedor coincide con la Gran Depresión en la década de 1930, rápidamente derivaron en una red nacional que junto a otras medidas permitió mitigar la crisis económica que atravesaba el país.

En América Latina comienzan a propagarse paulatinamente en la década del ‘60 y en Argentina las ollas populares, los merenderos y los comedores salen a la luz sobre finales de los ochenta con la crisis hiperinflacionaria y eclosionando entre 2000 y 2001. Posteriormente hay escenarios de continuidades y cambios en los comedores comunitarios.

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Este breve recorrido es necesario para enmarcar las problemática, puesto que, más allá de la emergencia, hay tres factores que no varían:

  • Los comedores surgen como respuesta para garantizar algo tan básico como la alimentación,
  • Estos espacios asistidos por el Estado y también por las donaciones que reciben, cuentan siempre con la participación de actores barriales
  • Comedor y hambre son las dos caras de la moneda

En definitiva, los comedores tienen modalidades de gestión y de organización diferentes, están atravesados a veces por vínculos políticos, por recursos estatales, por las características barriales y por las redes que se tejen, pero de lo que no caben dudas es de que son instituciones que dan respuesta ante una emergencia y que por primera vez se asiste a un conflicto en el que lo que se discute es la entrega de comida, es decir que una ración de polenta se convierte en un objeto de poder.

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Desde la Psicología se puede afirmar que estamos ante la presencia de un acta de defunción anticipada y garantizada, puesto que, así como hay una estrecha relación entre comedores y hambre, también hay una estrecha relación entre comedores y cerebros.

Desde la Psicología siempre formulamos preguntas; son el recurso para poder generar líneas de pensamiento y acción. Entonces: ¿Cómo impacta la alimentación en el cerebro? Si pensamos en desnutrición ¿quiénes son los “desnutridos emocionales”?

En Argentina, la pobreza y la indigencia según el informe del mes de enero de 2024 del Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina alcanza al 57,4%. Devaluación, disparada de precios de la canasta, inflación, porque todo sigue aumentando y la pérdida del poder de consumo por el impacto en los salarios se convierten en el combo letal para que una familia pueda pensar en nutrición y crianza.

Si bien muchos pueden abonar la grieta y buscar responsables, el eje en este análisis es entender que la mitad de nosotros se alimenta en un comedor y en este contexto preocupa y duele que a esa mitad no le lleguen los alimentos.

A la Psicología este conflicto le suena y le resuena, y ¿al resto? Les aseguro que la alimentación adecuada durante el proceso de gestación y los primeros años de vida son decisivos y las consecuencias son de orden colectivo. ¿Debería hacernos ruido? ¿Debería llamar la atención? ¿Cómo garantizar el desarrollo y los aprendizajes cuando lo que suenan “son las tripas de los chicos”?

Quienes accedemos a imágenes y estudios de resonancia magnética en las que se pueden comparar las diferencias entre recién nacidos en hogares con mayor y menor poder adquisitivo, advertimos las diferencias: los más desfavorecidos presentan hasta un 10% menos de materia gris.

La pobreza opera como acta de defunción anticipada, afecta capacidades cognitivas y por ende hay mayor probabilidad de fracaso escolar. A su vez, impacta en el desarrollo físico por el déficit alimentario y también genera desorden emocional"

La pobreza opera como acta de defunción anticipada, afecta capacidades cognitivas y por ende hay mayor probabilidad de fracaso escolar. A su vez, impacta en el desarrollo físico por el déficit alimentario y también genera desorden emocional.

La deprivación no solo garantiza “delgadez” o el “abdomen abultado” por la ingesta de carbohidratos, sino que como asegura Eldar Shafir, psicólogo, especialista en Ciencias del Comportamiento y Políticas Públicas, equivale a poseer menos espacio cognitivo que permita pensar y concentrarse, ya que la mente está “ocupada” por otra preocupación: subsistir.

Raciones escasas, falta de cuidados, carencia de estímulos, condicionan y afectan el cerebro certificando el debilitamiento y hasta la desaparición de circuitos y conexiones neuronales para procesar información, que cuando persiste favorece al estrechamiento de la corteza cerebral. Mención especial merecen aquellos niños y niñas que no sólo no cubren las necesidades básicas de ingesta, sino que se alimentan de restos de basura y de lo que encuentran en los contenedores, generando cuadros de intoxicación.

Que la pobreza afecta el cerebro ya no caben dudas, pero me pregunto: ¿Quién tiene el cerebro más afectado? ¿Quién está más desnutrido emocionalmente? Seguramente los/as que tienen “la panza llena”, los/as que tienen mayor grado de responsabilidad y de poder, los/as que mandando a “cerrar comedores” y enarbolando la bandera del déficit cero, defecan en las personas que esperan una ración de comida.

*Dra. en Psicología

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