¿La patria no se vende?


La versión más radicalizada del peronismo, cuyo jefe asistió impertérrito en 1955 al incendio de templos en medio de enfrentamientos de su gobierno con la Iglesia, ha sido fecunda en manifestaciones de delirio político e insolvencia moral. Han sido sus portavoces campeones en la formulación de consignas huecas, falsarias, de hipocresía superlativa. La última caricatura de esa versión del peor populismo consistió en la interrupción de dos misas: una, el 9; la otra, el 14 de este mes, al grito de que “La patria no se vende”.

¿La patria no se vende? ¿Es eso cierto? ¿Cómo pueden afirmarlo quienes después de cuatro períodos gubernamentales casi continuados en el siglo XXI han dejado al país hecho trizas? ¿Cómo podría venderse en esas condiciones misérrimas si no por un precio vil y a riesgo de los compradores de instalarse en un ámbito en el que la violencia política halla justificación, según se evidenció a raíz de detenciones por hechos atroces producidos días atrás ante el Congreso, hasta por pretendidos adalides de los derechos humanos?

Han relegado al país a las posiciones últimas en comparaciones internacionales sobre renglones de manifiesta importancia para el desarrollo económico y la prosperidad social y cultural de las naciones. Si ellos mismos no han vendido la patria, la han rifado en ludopatía loca. O se han apoderado de la riqueza nacional, jirón por jirón, por lo que consta en sentencias y procesos abiertos en tantas partes del país. Con índices inflacionarios descomunales, los que alegan oponerse a la venta de la patria han provocado que el bien de intercambio para esa inimaginable operación dispare el desprecio que hacen sentir por nuestra moneda aquellos que rompen y echan a volar en estadios deportivos billetes argentinos, en el entendimiento de que nada valen fuera de las fronteras nacionales.

¿Cómo es eso de que la patria no se vende, en boca de quienes han adherido a conductas clasificables, con generosidad, de inconscientes? La expresidenta Cristina Kirchner o el gobernador bonaerense y exministro de Economía, Axel Kicillof, pudieron haber hecho aquí lo que les vino en gana en tiempos de poder, pero puertas afuera dejaron a la Argentina en la condición de uno de los países con más causas judiciales perdidas, y con enormes costos para todos quienes la habitan. Por citar una causa, entre muchas, no ha habido una sola explicación, una sola disculpa por los 16.000 millones de dólares que están pendientes de pago de nuestra parte por los tejes y manejes con el capital accionario de YPF. ¿Resarcirán al Estado con parte de su patrimonio personal?

Con olvido de que la misa o Santa Eucaristía es para el catolicismo la forma de evocar la vida, pasión, muerte y resurrección del Señor, dos oficios religiosos fueron interrumpidos al grito de que “La patria no se vende”. Ocurrió, el primero, en la Iglesia de la Santa Cruz, en Balvanera, en el acto en memoria de Nora Cortiñas, recientemente fallecida, una de las madres fundadoras del movimiento suscitado por la desaparición de hijos en la devastadora época de los setenta. Sucedió, después, en la parroquia del Inmaculado Corazón de María, en un homenaje al sacerdote Mauricio Silva, desaparecido en 1977.

En este último, el cántico de los asistentes fue acompañado por algunos sacerdotes. Más tarde, el obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Gustavo Carrara, pidió disculpas por un hecho que debió haber detenido ipso facto con la autoridad que inviste. Siguió a este el arzobispo Jorge García Cuerva, quien al reconocer con más firmeza la perplejidad causada se quejó de que “la misa fuera usada para dividir, para fragmentar, para partidizar”.

Las mismas manos peronistas que en los años noventa se alzaron para aprobar la privatización de Aerolíneas Argentinas se levantaron en 2008 para reestatizarla

La misa renueva en el altar, bajo el símbolo del pan y del vino, el sacrificio en cuerpo y sangre de Jesucristo. Si la eucaristía es el mayor de los sacramentos, mayor no pudo haber sido la apostasía de quienes por dos veces llevaron a templos católicos consignas falsas, carentes de correspondencia con otras ideas que profesan y con las conductas que definen a la fuerza política de pertenencia. Más deplorable todavía fue que sacerdotes fanatizados se plegaran a la interrupción de un acto de comunión entre fieles, como se supone que es una misa en el carácter reconocido de “Asamblea Eucarística”.

Hizo, pues, bien el presidente de la Conferencia del Episcopado Argentino, monseñor Oscar Ojea, en excluir la presencia de políticos y de manifestaciones políticas en la misa que se celebró después en el santuario de la Virgen de Caacupé, en Ciudad Evita. Fue en agradecimiento a las mujeres que ofrecen tiempo y esfuerzo en la distribución de alimentos a carenciados.

El número de estos crece en porcentajes desorbitados y es tan apropiada la hora de denunciar esa realidad como lo es por igual la de preguntarse, con ánimo inevitablemente crítico si se quiere ser justo, por la desaprensión bastante generalizada con la cual se dejó por largo tiempo que prosperaran en la Argentina fatales desaciertos por los que estamos pagando precio. Podría reflexionarse así sobre la corrupción en los negocios públicos, sobre la dilapidación de los dineros del fisco, sobre la elefantiasis –patológica, desde luego– del Estado, y por la sinrazón de tantas empresas públicas deficitarias. Sería una manera de razonar en serio y de examinar, de paso, en qué figuras del pensamiento económico y social abrevaron las grandes instituciones del país en el siglo XX para tomar más tarde sus decisiones. No sea cosa de detenerse en los efectos y de volver a despreocuparse por las causas de esos efectos.

Convengamos que en nada ayudó a mejorar este cuadro calamitoso que un grupo de sindicalistas apareciera en fotografías tomadas en la residencia Santa María, en el Vaticano, rodeando al papa Francisco, mientras exhibían, en colores azul y blanco, el nombre de Aerolíneas Argentinas. Era una escena algo surrealista justo en horas en que se debatía en el Senado la Ley Bases y al cabo de todos los esfuerzos gubernamentales por privatizarla o, como decía Javier Milei, tal vez con no poca ironía, días después de ser elegido presidente, por qué no pasarla a manos de los trabajadores a fin de que se hicieran de verdad responsables por ella. Silencio del otro lado: nadie se mostró dispuesto a ponerse el sayo y a recibir una “joya” a costo cero.

Quienes incluyen a Aerolíneas Argentinas en el capítulo de bienes del Estado que no deben venderse hacen flamear de continuo el supuesto valor político de la proposición, porque no podrían fundamentar seriamente nada en razones económicas. Inflaman el pecho con la inconsistencia de que debe defenderse el estatus de aerolínea “de bandera”. Estamos, sin embargo, rodeados de países en mucho mejor situación económica que la nuestra y que prescinden de interesarse por las aerolíneas de bandera. En ese grupo está Uruguay, gobernada por los blancos y sus aliados, pero también Chile, Bolivia y Brasil, que entran en la categoría de países socialistas.

Las mismas manos peronistas que en los años noventa se alzaron en el Congreso para aprobar la privatización de Aerolíneas Argentinas se levantaron en 2008 para reestatizarla. Desde entonces corrieron años en que las pérdidas de la empresa se contaron por centenares de millones de dólares y por más de un millón de dólares por día. Con el hambre que cunde en la Argentina, ¿puede considerarse prudente involucrar al Papa en la delicada cuestión del porvenir de Aerolíneas Argentinas en circunstancias en que el Gobierno procura privatizarla?

Cuando el faccionalismo político y sindical se asocia a la desorientación que a veces afecta la vida interior de la Iglesia, se producen fenómenos como los que agraviaron nada menos que la memoria del sacrificio de la Cruz. Correspondería evitar tan penosa reiteración.

LA NACION

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