Abortar: una decisión sin elección

Abortar: una decisión sin elección

Probemos pensar sin temer a dónde nos lleva el pensamiento. Intentemos reflexionar sin calcular las consecuencias. Arriesguemos. Abortar es un verbo. “El aborto” no existe entre las cosas. Hay alguien que actúa, una mujer que lo hace movida por la violenta irrupción de un embarazo que no buscó, pero que, sobre todo, no quiere continuar y que la compele a tomar una decisión también violenta. La voluntad, su voluntad, no es libre.

Esta mujer está entre la espada y la pared: ni quiere tener un hijo ni quiere abortar. Le está vedado batirse en retirada, quisiera no haberse embarazado, quisiera perderlo espontáneamente. Como en muchas otras cosas de la vida, decide hacer algo que no quiere. Signifique para ella una experiencia traumática o solamente desagradable, su situación tiene un sesgo trágico. Como en las tragedias antiguas, todos llevan parte de razón y todos pierden algo. Por eso las encrucijadas éticas tienen tan poco que ver con el bien y el mal. En esto reside precisamente su carácter trágico y su poder ético.

Todos sabemos que con la penalización del aborto esta práctica no desaparece ni se reduce, y que la situación de clandestinidad, consecuencia ineludible de su prohibición, genera un aumento brutal de riesgos físicos y mentales para las mujeres, que lo siguen haciendo a pesar de todo. Se hace evidente que quienes buscan prohibir el aborto no están en contra de que las mujeres aborten, sino a favor de que lo hagan en la clandestinidad, ya que su legalización no hizo aumentar la cantidad de mujeres que abortan. ¡Ninguna mujer aprovecha que sea legal para ir a abortar!

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Pero también es cierto que su legalización no elimina el carácter problemático, denso, de la experiencia de abortar. La firme convicción de no querer tener hijos (u otro hijo más) puede tambalear cuando la menstruación se retrasa; la deliberación más racional puede estremecerse ante la irrupción, en el propio cuerpo, de haber concebido –¿sin querer queriendo?– una vida.

Para defender el aborto legal se habla del derecho a la libertad de elección, de autonomía personal, de autodeterminación, y de control del propio cuerpo. Sin pensar que asumir estas figuras jurídicas como cuestiones vitales es un problema, por varios motivos. ¿Representan realmente dichas figuras las diversas experiencias de abortar? ¿Cuántas mujeres podrían identificarse con esos principios individualistas que la vida se empeña en desmentir? Observemos que estas reivindicaciones tanto legitiman el derecho a abortar cuanto traicionan las experiencias de sexo, anticoncepción, embarazo, aborto y esterilidad. El eslógan “hijos si quiero y cuando quiero” lo pone de manifiesto.

La experiencia de las mujeres que abortan no tiene nada que ver con el “aborto” del que se habla en los debates. ¿Es el aborto un “homicidio”? ¿Alguien teme a una mujer que aborta como temería a un asesino?

Por otra parte, ¿en qué condiciones podría llamarse “libre” a una mujer que lo decide? ¿Existe acaso alguna situación donde abortar voluntariamente consista en actuar libremente? El lenguaje de los afectos expresa mejor esta diferencia: ¿acaso alguien elige voluntariamente quién lo volverá loco, quién lo hará temblar? Que el aborto sea voluntario no equivale a que sea libre. Abortar es una experiencia trágica; condición que la pereza reflexiva rebajó a “terrible” o “espantosa”. Como dijo alguna vez el escritor Amos Oz: “Lo trágico no es lo justo contra lo injusto; lo trágico es lo justo contra lo justo”.

Un embarazo no buscado obliga a la mujer a tomar una decisión en el aquí y ahora. Quiero hacer una distinción que frecuentemente se pasa por alto: un embarazo no buscado no es equivalente a un embarazo no deseado. Y aunque el azar o la falta de prevención (o, según algunas ópticas, el inconsciente) hayan generado una preñez que terminará con un aborto, un embarazo imprevisto significa un trance que ninguna ideología y ninguna jurisprudencia pueden evitar.

Porque que a una mujer se le conceda la libertad de abortar significa, estrictamente, que su acto está permitido, que no comete delito. Pero ese permiso, esa libertad otorgada por la ley, no la libera del trance angustioso, sórdido o incómodo de tener que decidir en el caso en que, por esa falta de libertad original, quedó embarazada.

Al oír que al abortar no fueron –exactamente– libres, muchas mujeres se tranquilizan. ¿Qué les produce alivio? Darse cuenta de que entre lo jurídico y la vida, entre mis derechos (que dependen de otros) y mis poderes, hay una enorme diferencia, y esta “diferencia” es nada más ni nada menos que lo que soy: lo que me distingue de todos los demás a quienes soy igual en derechos. ¿Cómo hablar del derecho de las mujeres a abortar como si no tuviésemos el poder de hacerlo? Cuando abortar era ilegal las mujeres no teníamos el derecho, pero sí teníamos el poder de hacerlo. En este poder inexorable e intransferible, reside la fuerza y la legitimidad de este derecho. Pero también la amenaza que este poder, que no es de origen humano, significa para quienes pretenden controlar la vida y la muerte, desde las instituciones estatales hasta las luchas de la sociedad civil.

¿Usted está a favor o en contra? No hay nadie a favor del aborto. Quienes lo condenan no están en contra del aborto, sino solamente del aborto legal y quienes defienden que sea legal no están a favor de que las mujeres aborten, sino en contra de que lo hagan en la clandestinidad.

Es sencillo pronunciarse a favor de la vida, incluso de las dos vidas y más aún, de todas las vidas. Nada más fácil que declararse en pro del bien, del amor, de la felicidad y de la igualdad, sin discriminar a nadie ni a nada. Sin embargo, el dolor, la injusticia, la desdicha, la desigualdad y la muerte existen y forman parte de la vida, aunque no necesariamente del mal.

Abortar forma parte de las tantas cosas de la vida que no elegimos ni deseamos: ninguna mujer decide buscar un embarazo para pasar por la experiencia de abortar. Ninguna mujer aborta porque está a favor de legalizarlo. Y pocas mujeres dejan de abortar porque lo condenan.

La diferencia entre elegir y decidir es crucial. Una decisión nunca es el mero producto de un razonamiento; es siempre una encrucijada ética, que implica el compromiso y la responsabilidad de alguien que no puede dejar de tomarla y de actuar. Por eso defender el aborto legal en términos de “elección libre” desvirtúa la experiencia del aborto y propicia y refuerza las representaciones condenatorias de las mujeres que abortan. Ignora, por ejemplo, que la mujer que no sabe aún si va a abortar es actora y testigo de una situación que la excede, y nos excede a todos. Quien va a abortar transita un estadio de máxima tensión respecto de la condición humana misma.

¿Quién duda de que quien más padece un aborto no son los defensores del feto, sino la mujer que aborta? No les regalemos nuestro dolor a quienes nos acusan.

*Filósofa, poeta y ensayista.

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