¿Y el progresismo dónde está?

¿Y el progresismo dónde está?

Una de las primeras cuestiones a despejar es si tal categoría se corresponde con el kirchnerismo y por extensión al actual peronismo, en la medida de sus distintas fracciones y la centralidad que todavía mantiene CFK. Pero antes debe quedar claro qué entendemos por progresismo, ya que sus acepciones también son variadas y más expresiones políticas reclaman ese carácter.

Donde se reivindican la igualdad de oportunidades y la movilidad social ascendente, el reconocimiento de las libertades cívicas y los derechos de las minorías, un rol activo del Estado y el normal funcionamiento de las instituciones republicanas en garantía; pero si esos principios se ajustan a la tradición progresista, el aspecto crucial que termina distinguiendo a un verdadero progresismo de otro más bien superficial pasa -decididamente- por la elevación material y cultural del conjunto de la población y con qué modelo económico, social y productivo, eso (pondría “aquello”) puede concretarse en la práctica.

Porque una cosa son los ideales que se dicen defender y otra es su condición de posibilidad o marco de realización. Ya sea que lo esté efectivamente resuelto en el ejercicio del poder o viablemente proyectado en la propuesta programática desde el llano, para que los valores declamados no terminen en puro palabrerío: controvertidos por los resultados de la gestión en lo primero, o que no se deduzcan lógicamente de una correcta relación entre los problemas identificados y las soluciones propuestas en lo segundo.

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Gramsci y las fuerzas del cielo

Luego de cuatro períodos de gobierno de los últimos cinco, es incuestionable que el kirchnerismo quedó muy lejos de respaldar en los hechos sus proposiciones y que, en tal caso, se preocupó mucho más por la comunicación y la narrativa que por una transformación progresiva de la estructura económica que materializara lo que pregonaba.

En síntesis, un Gramsci mal aprendido, a propósito del ataque que lanzó Milei por ese lado; limitándolo exclusivamente a la llamada batalla cultural o lucha ideológica de superestructura, cuando Gramsci nunca dejó de prestarle atención a las relaciones sociales de producción que justamente equivalen a lo que hoy llamamos modelo.

Pero si el kirchnerismo, a pesar de sus notorios avances en las políticas de “reconocimiento”, se negativizó por demás en indicadores económicos y sociales vergonzosos para un país como la Argentina; también es cierto que buena parte del resto que se reconoció históricamente como de centro izquierda se fue corriendo de escena hasta desaparecer como tal y, peor aún, terminó diluyéndose en frentes electorales de centro derecha que lideró el PRO a sus anchas.

Antonio Gramsci nunca dejó de prestarle atención a las relaciones sociales de producción que justamente equivalen a lo que hoy llamamos modelo"

Como si eso fuera poco, a la frecuente dislocación entre las consignassocialdemócratas y una insuficiente o errónea apreciación acerca de la inserción periférica de nuestro modelo productivo (crecientemente reprimarizado desde la dictadura para acá)ahora se le suma una especie de resignación definitiva ante el atropello ultraliberal, como se prueba en el acompañamiento parlamentario que se le dio en general al proyecto de la ley “Bases”.

En definitiva, la falta de correspondencia entre el discurso “progre” y los resultados objetivos de quienes gobernaron, como las contradicciones de los otros que lo balbuceaban desde la oposición y se fueron desdibujando dentro de Juntos por el Cambio o frente al Milei presidente, terminaron vaciando el lugar del progresismo como se lo ha entendido hasta ahora.

¿Por qué el progresismo no progresa?

Por lo que no queda otra que cubrirlo con una propuesta progresista en serio, con la forma de una alternativa política amplia y plural, superadora de la vieja antinomia peronismo-antiperonismo, y que se base firmemente en un modelo de país que recupere la producción industrial y la generación de trabajo en escala, con garantías plenas de seguridad, salud, educación y vivienda, para las grandes mayorías populares.

De no ser así, un Milei presumiblemente exitoso en la baja de la inflación (como lo fueron Martínez de Hoz y Cavallo en su momento) seguirá avanzando y sumará más victorias electorales a favor de retrotraer la Argentina a la matriz productiva y la estructura social de hace un siglo; especialmente dedicada a la provisión de materia prima y recursos naturales a las potencias mundiales, con la mayoría de la población pobre, casi nada de clase media, una enorme desocupación y mucho asistencialismo.

De aquellos que compartimos esta perspectiva depende que eso no suceda, porque con sólo resistir aunque sea imperioso -como se demostró exitosamente con la marcha universitaria- no habrá alcanzado.

*Politólogo y docente de la UBA

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