Falucho, en la eternidad del bronce


De entre todas las estatuas que embellecen los paseos de Buenos Aires hay una que reviste el especial carácter de ser la primera que se inauguró en la ciudad que fue realizada enteramente por un artista argentino. Y, lejos de lo que podría creerse, no se trata de una escultura de alguno de nuestros paladines más rutilantes, sino más bien de uno menos célebre, aunque no por ello carente de un espíritu heroico, cristalizado en el final épico de su vida.

Hablamos de la estatua de Antonio Ruiz, un soldado de la independencia de origen africano que fue más conocido como “el Negro Falucho”. La obra fue inaugurada en noviembre de 1897 en la que hoy sería la intersección de las calles Florida y Marcelo T. de Alvear, contigua a la Plaza San Martín, en Retiro. Esta estatua, realizada completamente en bronce, fue diseñada por el maestro Francisco Cafferata aunque, tras la muerte de este, fue ejecutada por el artista Lucio Correa Morales, a quien se le reconoce la autoría. Es más, se dice que, para realizar las manos de su modelo, el escultor habría moldeado las suyas propias.

Pero, ¿merecía el Negro Falucho ser la primera estatua porteña esculpida por un argentino? Si uno mira su foja militar, es claro que sí. Este hombre fue un activo batallador por la emancipación americana. Primero, sirvió al batallón de Pardos y Morenos, bajo las órdenes de Manuel Belgrano. Junto a él se batió gallardamente en las contiendas de Tucumán (1812) Salta, Vilcapugio y Ayohuma (las tres en 1813). Más adelante, ya integrado al Ejército de los Andes, bajo el mando de José de San Martín, Falucho peleó en Chacabuco (1817) y Maipú (1818), y siguió con sus camaradas hasta Perú, para lograr la libertad de aquel territorio, aún en poder de los españoles.

Más allá de su brillante desempeño en todas estas batallas, Falucho se destacaría por la manera en que defendió la libertad hasta el último día de su vida. Esto ocurrió en la ciudad portuaria de Callao, en Perú. El ejército de los Andes había ganado con enorme sacrificio ese bastión realista y dominaba el punto de defensa estratégico del lugar, la fortaleza de Real Felipe. Pero un tiempo después de ese triunfo, en febrero del año 1824, un grupo grande de soldados del ejército patriota, harto de pasar hambre y no cobrar un peso por meses, se sublevó y entregó el domino del lugar a oficiales realistas.

La estatua de Falucho estuvo por muchos años en las proximidades de la Plaza San Martín, en la intersección de las actuales Florida y Marcelo T. de AlvearCaras y Caretas

El Negro Falucho estaba en el torreón de la fortaleza aquel 6 de febrero de 1824 cuando un grupo de sus antiguos compañeros, ahora insurrectos, se acercó a su puesto para enarbolar una bandera realista. Tras entender lo que estaba pasando, el heroico soldado comenzó a gritar a sus excamaradas: “Traidores, traidores”, mientras destrozaba su fusil furiosamente contra el asta de la enseña enemiga. La actitud insumisa para con los revoltosos le costaría cara al patriota de origen africano. Fue fusilado sumariamente contra un paredón de la fortaleza. Sus últimas palabras antes de que el plomo lo acallara fueron: “¡Viva Buenos Aires!”.

Y fue en su Buenos Aires donde se inauguró su estatua. En ella, el valiente liberto aparece apretando con su mano derecha la bandera que no aceptó abandonar en tierras peruanas. Luego de pasar por distintos lugares de la ciudad, hoy la estatua de Falucho se encuentra en la plazoleta que recuerda su nombre en Palermo, en Santa Fe, Luis María Campos y Dresco, frente al Regimiento de Patricios.

Una ilustración que replica los últimos momentos de Antonio Ruiz, el Negro Falucho, en el fuerte de Callao, realizada por el artista plástico Francisco FortunyEpisodios nacionales

Hay un detalle más. En la Plaza San Martín, primer lugar en el que se emplazó la escultura de Falucho, algunos años antes algo había sucedido. El 25 de noviembre de 1826, en la entonces plaza del Retiro, tres de los sargentos criollos que se amotinaron en Callao fueron juzgados como traidores a la patria, y allí mismo los colgaron. Entre los condenados se encontraba Francisco Molina, uno de los verdugos de Falucho. Es así como en este cuento la historia fue circular y se resolvió con brutal sencillez: para el traidor, la horca; para el héroe, la eternidad del bronce.

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