Hagámoslo de una vez – LA NACION


Yo podría tener una mente brillante. Lo pienso cada tanto. Podría tener en la cabeza la tabla periódica de los elementos, los números primos, pi completo, las fórmulas para sacar la superficie y podría intentar cruzar todos esos datos con todos los datos. Yo podría tener una mente espectacular y tal vez conseguir algo que ayude al mundo, una nueva teoría económica, por ejemplo. Sin embargo, tengo la memoria repleta de las canciones de “La ola está de fiesta”, de “La isla de los Wittys,” jingles históricos (el de la tarjeta de crédito, el de la mayonesa) y soy la única de mis amigas que puede recordar qué vestía cada una de nosotras en la fiesta en que pasó tal cosa o esa tarde en que tal otra. De acá a 20 años para atrás.

Por eso esa noche en que miraba la entrevista a Emanuel Ortega me sorprendí porque yo tengo los casetes de Emanuel Ortega y recordaba la letra de “A escondidas” sin peros, pero él no la cantó así. Puedo fallar, pensé, me dolió un poco la herida en este don inútil porque don al fin, pero seguí. Avanzaron los días y también seguí porque esas son las cosas que pasan, ¿no? Hacía tanto que no cantaba “A escondidas” que no podía parar. “Es que sé muy bien que tú ya tienes dueño, es mi mejor amigo, yo no le puedo fallar”. Cuando llegaba a la parte en que Emanuel había dicho esa frase que no recordaba, no hacía caso, cantaba a mi manera. Con una altanería. Una semana después, como no me despegaba del tema, lo sumé a mi lista de música para cuando camino por la calle y ahí lo tuve a él, esa voz mucho más aguda que sus pectorales, y me di cuenta de que yo tenía razón.

¿Por qué Emanuel había cambiado la letra? Supuse aburrimiento. Desde 1999 a esta parte siempre lo mismo y bueno, el muchacho se cansó. Pero después presté atención a lo que decía porque esas también son las cosas que pasan, ¿no? Una canta porque canta, pero no analiza lo que dice. Y pensé que su modificación quizás era pensada, una forma de alejarse de los años 90 para acercarse hasta aquí.

Es difícil ese movimiento. Hace unos días lo hablamos en el trabajo y no acordamos nada. ¿Las cosas se juzgan en sus tiempos? ¿Se dejan pasar si son del pasado? ¿Se borran si hoy dan vergüenza? ¿Hay que apuntar con el dedo contra eso que gritábamos por las madrugadas en los antros en los que nos metíamos para sacarnos la euforia de encima? A mí me gusta ir a una fiesta y que pasen las cumbias que bailaba en esos primeros años en que salía y escuchaba a Comanche, la campera de cuero blanca contra la piel del pecho, con su “Tonta, con qué quieres que te quiera/ Que te quiera si me tienes trabajando/ Tonta, tonta” y a otras bandas que decían barbaridades, lo sé, pero que entonces no entendía.

Yo no mezclo las épocas. Las encapsulo. Hoy comprendo cada rima, pero cuando las bailo no me siento quien soy, sino que me acuerdo de la chica de 20 y no juzgo. Bailo. Nada más. Tampoco condeno las letras de Cacho Castaña, los sketches de Alberto Olmedo, lo que piensan mis padres, la frase sobre el matrimonio que le repite a Ezequiel su abuela, las gansadas que decimos a veces con mis amigas cuando la educación de colegio de conurbano se nos escapa por los dedos y nos olvidamos de los esfuerzos que hicimos para ser esas que queremos ser.

El primer hit de Emanuel Ortega se llamó “Hagámoslo de una vez”, así, en modo imperativo, una canción que grabó a los 15 años, en 1993, y en la que le pedía a una chica que se animara a tener sexo con él. “Vamos ya, hagámoslo de una vez, quiero ser el que te haga mujer, acércate, que mi amor es ardiente, voy a enloquecer”, marca el estribillo. Estoy convencida de que a mis 10 había inventado una coreografía al ritmo. Estoy convencida de que hoy la bailaría así, igual. Estoy convencida de que no hay motivos para desdecirse. Hay que acordarse y no repetir.

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