Viveza criolla, misa del hambre, irreverencia


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Habiendo leído el excelente artículo de Diego Cabot sobre la excusa que ahora se busca para demostrar que personajes buscan “zafar” del título de corrupto, he quedado hondamente impresionado al entender que la viveza criolla sigue firme en nuestro temperamento y hunde mis esperanzas de que algún día nuestro país vuelva a la normalidad. Digo esto después de haber creído que el nuevo gobierno arribaba efectivamente para limpiar todo aquello putrefacto que nos dejó el kirchnerismo y que todos esperábamos no sufrir más. Me imagino cómo se estarán riendo los verdaderos nidos de ratas que pagaron y/o cobraron aquellos millonarios emolumentos claramente especificados en la causa de los cuadernos, como así también otros casos descriptos dentro de dicha época, para no hablar de lo que el mundo decente pensará de nuestra querida patria tan vilmente destrozada.

George W. Handley

gwhandley@bluewin.ch

El kirchnerismo organizó la mesa del hambre; la Iglesia católica organizó la misa del hambre. Ambos necesitan de la pobreza para mantener sus rebaños, y Milei les ha cortado los subsidios, de ahí la oposición.

Raúl Davaro

DNI 13.214.899

Es tal la pérdida de identidad de las nuevas generaciones que resulta irreverente valerse de una canción patria para publicitar una bebida alcohólica.

Adriana DiPaolo

DNI 6.221.705

Las visitas que, desde su asunción, está realizando el presidente Milei a diferentes países en misión oficial, tendentes a lograr la llegada de inversiones, redundan beneficiosas, pero su viaje al acto de inauguración de los Juegos Olímpicos de Francia no resultará de utilidad alguna e implicará un gasto innecesario, aunque parte de este se lo costee el propio mandatario.

Con el mayor de los respetos, deberá permanecer en nuestro país enfrentando los graves problemas por los que está atravesando el pueblo, gestionando su pronta resolución.

Roberto A. Meneghini

dr.meneghini@hotmail.com

Si hay algo que preocupaba a don Manuel Belgrano era la educación, pues era un tema que lo obsesionaba. Es que un país sin educación y sin instrucción no puede crecer. Nosotros lo sabemos bien. Es por esa razón que se empeñó en transformar un territorio donde todo estaba por hacerse; intentó fomentar las labores agrícolas para sembrar nuestro suelo e instalar escuelas gratuitas para los hijos del país con el fin de que no cayeran en la ociosidad, en la vagancia.

Es que Belgrano era un agudo observador de la realidad que lo circundaba; analizaba profundamente las condiciones de vida de las familias, de los agricultores, de aquellos que vivían en austeras viviendas. El prócer no dejaba nada al azar, ya que todo le inquietaba, todo le preocupaba.

Su gran obsesión –reitero– era la educación, pues esta es la base para el desarrollo personal y para el soporte de una sociedad. Es por ello que en un artículo publicado en el Correo de Comercio señala con énfasis: “¿Cómo se quiere que los hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean arregladas, que haya ciudadanos honrados, que las virtudes ahuyenten los vicios y que el gobierno reciba el fruto de sus cuidados si no hay enseñanza, y si la ignorancia va pasando de generación en generación con mayores y más grandes aumentos? Pónganse escuelas de primeras letras costeadas de los propios y arbitrios de las ciudades y villas, en todas las parroquias de sus respectivas jurisdicciones, y muy particularmente en la campaña. Obliguen los jueces a los padres a que manden a sus hijos a la escuela por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar”.

Palabras de un profeta que aún hoy en la actualidad argentina no son tenidas en cuenta ni valoradas como es debido. Manuel Belgrano fue un adelantado a su época, un visionario, un verdadero estadista que no fue comprendido por las autoridades. Ya sea por intereses mezquinos o por simple ignorancia, lo cierto es que Belgrano no pudo desarrollar en el suelo que tanto amaba esas grandes ideas que ya había elaborado en su paso por España. Un bagaje de proyectos que quedaron truncos por la desidia y la irresponsabilidad de los gobernantes.

Julio C. Borda

DNI 11.478.116

Habiendo leído la nota publicada en la nacion digital del 14 de junio pasado y en la edición impresa del lunes 17 de este mes, siento la necesidad de aclarar algunos aspectos de lo que fue la vida de mi madre, la escultora Maria Simon.

Cuando yo era muy chica, un día escribí: “Mi madre no cose, no teje, no borda, pero mi madre es una artista”. Su atelier estaba en casa y para mí, que era hija única, sus esculturas eran mis hermanos. Cuando en 1964 gana la beca del British Council, yo viajé a Europa con ella y con una amiga mía. Maria nos instaló en París para que completásemos nuestra formación cultural y aprendiésemos francés, mientras ella se dirigía a Londres para desarrollar su trabajo artístico de acuerdo con la beca que había ganado. Durante esos seis meses nos hicimos mutuas visitas entre Londres y París. Regresamos juntas a Buenos Aires y al poco tiempo ella ganó el Premio Braque de escultura, por lo cual debía trasladarse a París por el término de un año. Inmediatamente me ofreció ir con ella a Francia, pero como yo acababa de entablar una relación afectiva muy importante (con el que más adelante fue mi marido) rechacé su ofrecimiento.

A pesar de la distancia entre París y Buenos Aires, mi madre y yo mantuvimos siempre una estrecha relación y, a partir de la aparición de Jacques Lassaigne en su vida, la pude ver realmente feliz. Jacques además llegó a ser como un padre para mí. En pocas palabras: no se puede separar su obra de la mujer, porque su vida era creación pura. No había nada en su vida que escapase al sentido estético, por eso teníamos una broma que se repetía: ella me decía que si yo no hubiese sido linda, no me hubiese querido. Pero era solo una broma. Maria fue mi gran maestra de vida.

Diana Poli

LA NACION

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