Alta misión: fui a Miami a vender mileísmo


En la era Milei, dos semanas lejos del país es un montonazo. Antes, moría por rajarme; ahora, la espera para volver se me hizo eterna. Al Presi, que vive viajando, eso le pasa todo el tiempo; un estoico. A mí me ayudó que se tratara de una alta misión en Miami. Alta misión podría entenderse como un combo de playas y shoppings, pero no fue el caso. Básicamente fui a vender mileísmo. Así como acá puedo tener una que otra crítica (sobre todo cuando me ensobran), afuera me calzo la celeste y blanca y les pongo el pecho a las balas. En mi primera conferencia, en un centro de jubilados, empecé así: “Amigos de la tercera edad, Milei dijo en la campaña que el país estaba quebrado. En su discurso al asumir proclamó el ya legendario ‘no hay plata’, y hoy, siete meses después, el ajuste nos está asfixiando. ¡Es el primer presidente de la historia que cumple una promesa electoral!”. La ovación duró tres minutos. A la salida, mientras firmaba autógrafos, recibí una llamada de Karina. “Buscate trabajo ahí”.

Lo aprendió de Javi: es bromista.

En mi segunda exposición, en un club de pescadores, seguí por esa línea. “Hombrones de piel curtida, viejos lobos marinos, qué puedo decirles que ya no sepan. Un panelista de TV salió a pescar sin caña ni red en un mar infestado de tiburones, y de pronto había sacado tanto que reventó las urnas. Inauguró así el tiempo de la redención: multitudes que habían perdido la fe lo proclamaron su salvador, y él se revistió de mesías. Ahora todos esperamos el milagro mayor: que los pesos se conviertan en dólares”. Creo que me fui de mambo con el tono épico, porque la sala se vació. Ahí fui yo el que llamó a Kari: “Jefe, 10 puntos. Unos 20 pescadores están haciendo cola en el consulado argentino”.

Acepté el desafío de convocar a una conferencia de prensa. ¿Locación? La plaza de Collins y la calle 73, corazón de la llamada Little Buenos Aires, en Miami Beach. Tremendo spot, elegido además con picardía: a esa misma hora se hacía ahí el ruidoso banderazo argentino para alentar a la selección. A la pregunta de un gringo sobre si los mercados estaban mostrando dudas sobre el plan económico, me excusé: Perdón, no le oigo bien. “¿Es cierto que la pobreza ya supera el 50%?”¡Por favor! Dese vuelta y va a ver a miles de argentinos aclamando al Presidente. “¿Se va a firmar el Pacto de Mayo?” Sí, con la lapicera de Alberto Fernández. El corresponsal de The New York Times intentó apurarme con lo de la renovación del gabinete, “que nunca se completa”. Me sacó. ¿Biden y Trump se acercan a los 90 años y usted me habla de renovación? Lo vi perderse en el tumulto del banderazo.

Siempre es difícil enfrentar a colegas picantes, sobre todo si les cuesta entender que la Argentina no votó por un nuevo presidente, sino por un cambio cultural. Ajuste, palabra prohibida, hoy es el sancta sanctorum libertario. Esta semana Javi echó a 5000 empleados públicos, que seguramente son kirchneristas. Ya con eso se ganó el cielo. Además, cero drama: mañana los contrata Kichi en la provincia, con sueldos pagados por un aumento del impuesto inmobiliario. Por Dios, qué diferencia con Milei, que dejó de financiar al Tesoro con emisión, lleva cuatro meses sin déficit fiscal y no hace fiestitas en Olivos. Lo del déficit se consiguió, en primer lugar, hambreando a los abuelos, bajo la premisa de que el sobrepeso es fatal a esa edad crepuscular. También cortó de cuajo la obra pública, principal caja de la política y los políticos. De rebote, está bajando el precio de la construcción, que se había ido a las nubes: quería hacerme un dos ambientes en Mar de Ajó, frente a la playa –una linda playa de estacionamiento–, y me pedían 1700 dólares el metro cuadrado. ¡Andá! Ahora estoy pensando en un monoambiente; si puedo hacerlo, ya tengo un invitado para cortar la cinta: Javi. La única inauguración en sus cuatro años de mandato.

Explicar este cambio de patrones culturales fue lo que más me costó en Miami. Ellos consagran el consumo, receta inflacionaria de Néstor, Cristina y Massita, mientras que nosotros estamos probando con la recesión. Pero fíjense: un taxi del aeropuerto al downtown siempre costaba 30 dólares, y esta vez pagué 32. No voy más.

Lo que me llamó la atención durante esos 15 días fue comprobar que Milei suscita una increíble atracción; en todos lados, en todos los ambientes. Fui a ver el partido de la selección contra Perú sin entrada, dije que era un enviado del Presidente y me acompañaron hasta un palco vip. Te preguntan más por él que por Messi. ¿Es verdad que habla con un perro que está muerto? ¿El cerebro de su gobierno [Santiago Caputo] es un experto en marketing? ¿No es extraño que un adalid contra la corrupción quiera llevar a la Corte al juez más sospechado del país? Mi respuesta era poner en boca del Presidente algo que piensa, pero en público nunca dijo: “No miren lo que hago ni lo que digo. Solo lo que consigo”.

Hasta habla con rima. Es Gardel

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