Peripecias detrás de la selección y las valijas perdidas de los Di María


¿Qué puede salir mal? A veces, casi todo. Vuelo retrasado, valijas perdidas, llegada a la madrugada y cancelaciones a último momento. Esos pequeños detalles que para la vida de cualquier mortal resultan insignificantes, pueden llegar a ser demoledores para un viajero cansado y a miles de kilómetros de casa.

La cobertura de LA NACION por los Estados Unidos lleva ya tres semanas. Para perseguir el sueño de la selección por el bicampeonato de América, la travesía arrancó en Atlanta, luego siguió por Nueva Jersey, bajó a Miami, aterrizó en Houston y ahora regresó a la ciudad vecina a Nueva York. Hasta ahora, más de 16.000 kilómetros recorridos. Aquí, Argentina buscará el martes la final cuando enfrente a Canadá en el imponente estadio de MetLife.

Parte de este equipo de LA NACION estuvo en Qatar, hace dos años. Aquella vez los desafíos logísticos eran otros. Un Mundial en un lugar poco habitual, en el desierto y con una cultura diferente. Tenía una particularidad que a la vez fue una ventaja: se celebró en una misma ciudad, donde convivieron 32 selecciones y se disputaron los 64 partidos. Podíamos ir al entrenamiento de la selección por la tarde, tomarnos un taxi y a la noche ver Inglaterra-Francia en el estadio Al-Bayt, aquel con la carpa que se encontraba en las afueras de Doha.

Allí nuestros problemas se debatían entre cosas más sencillas: la cola para subir al subte para viajar de un estadio al otro, lidiar con el frío del aire acondicionado o encontrar algo abierto a las 4 de la mañana más allá de un puesto de falafel, cuando terminaban las extensas coberturas por la diferencia horaria con Buenos Aires.

Aquí todo es a lo grande. Los estadios y también las distancias. Un embotellamiento puede resultar una pérdida de tiempo irremontable. La semana pasada salimos desde Nueva Jersey hacia Miami y nos tocó embarcar desde el JFK. Desde el vibrante barrio de Hoboken, sobre la parte del río Hudson que mira a Manhattan, el GPS marcaba una hora y media hasta el aeropuerto. Dos horas de ventaja nos parecían suficientes. Error.

Cruzar gran parte de Nueva York un viernes a la tarde nos llevó una hora más. La entrada al aeropuerto, media más. Un imprevisto nos dejaba fuera de juego. Check in exprés hasta la fila del control de equipaje. Pero a los guardias de seguridad no les importa si el vuelo se va o si le contamos que nos espera el mismo Messi a cenar. El reloj entró en tiempo de descuento y una de las valijas se fue para el lado de la inspección. Cinco, diez, quince minutos. Tiempo precioso perdido. Parte del equipo corrió casi una maratón hasta la última puerta de la terminal. Las distracciones y sonrisas a las nada amables controladoras no sirvieron para esperar al último soldado, que se quedó varado y debió volver al centro de la ciudad para tomar un vuelo al día siguiente.

Conscientes de aquel error, la vuelta desde Houston hacia la gran ciudad parecía estar controlada. En un vuelo de solo tres horas podíamos dejar atrás una semana sofocante con 42 grados. El vuelo arrancó demorado. Primero cambió de puerta, después esperó en la pista. Casi dos horas de retraso, pero aceptables para cualquier viajero.

Las familias de los jugadores también siguen la misma rutina que nosotros y los hinchas. Por casualidad viajamos junto a Jorgelina, la esposa de Ángel Di María, quien jugará aquí sus últimos dos partidos con la albiceleste antes de cerrar una brillante carrera. Con ella estaban sus hijas, Pía y Mia, y Miguel y Diana, los padres del jugador rosarino. En ese grupo bullicioso estaba también la familia de Leandro Paredes. Camila Galante, su mujer, y sus hijos Victoria y Giovanni. Los chicos peleaban. Mamá los amenazaba con “le voy a contar a papá”. Los adultos mofaban.

De la cinta 9 a la 4. De la 4 a la 9. Y la cola para irse a quejar entre los bultos perdidos. Un solo hombre lidiaba con la multitud. Ahí nos enteramos que las valijas viajaron en otro avión.

Rumbo a la terminal A. Subimos dos pisos, abordamos el tren y un bus. Miguel Di María tomó la delantera y encaró como Fideo a la defensa de Perú. Pero las cintas estaban vacías. Puso los brazos en jarra y encontró un cuartito al fondo. Metió una diagonal y tuvo la llave del gol. Ahí estaban las valijas de los Di María y las de los Paredes, las Louis Vuitton de Jorgelina y Camila. Las negras y rojas nuestras. Miguel respiró aliviado. Acompañado por un par de jóvenes enfiló otra vez al tren para volver al encuentro del resto del equipo en la terminal C.

Con Miguel nos despedimos. Solo nos quedaba pedir un auto para ir al hotel. “Cancelado”, nos devolvió el celular. Todas las camas ocupadas cerca del aeropuerto. Llamadas a último momento, sin éxito. Aparecieron dos dobles por mil dólares para dormir cuatro horas. Un hotel en Jersey City nos tentó. Dos habitaciones, baño privado, tarifa razonable y dormir hasta el mediodía. Llegamos a las 5 AM, catorce horas después de haber emprendido la salida de Houston. De las fotos a la realidad, un abismo. La experiencia en el motel de la avenida Littleton quedará para otro momento.

Ahora ya estamos frente a la Gran Manzana. Al igual que Miguel Di María y su familia, que sueñan con llegar a la final para que su hijo se retire como lo merece. Ya se habrá olvidado de esa noche que vivimos en Newark.

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