El status de traidor en el peronismo es tan dinámico como las ideas y las circunstancias


Desde Dalmacio Vélez Sarfield y Leandro Alem hasta Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle, Alfredo Palacios, Juan B. Justo o Lisandro de la Torre, unos cuantos líderes políticos que desempeñaron papeles centrales en la historia argentina fueron, al comienzo o al final de sus carreras, senadores nacionales. Abundan los casos de quienes ocuparon una banca en el Senado incluso después de haber ejercido la presidencia de la Nación: Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Pellegrini, Alfonsín, Menem.

Senatus era la asamblea romana de patricios. Viene de senex, palabra vinculada con senectud: senectus en latín es edad avanzada. El Senado siempre tuvo tradición de ser una cámara calma, no exenta de aplomo y elegancia (sin los aplausos, abucheos, hasta escenas de pugilato que se han visto en Diputados), compiladora, sobre todo, de la sabiduría de los mayores, verdaderos expertos.

La calma, es cierto, se interrumpió el 23 de julio de 1935 cuando fue asesinado en el recinto el senador electo por Santa Fe Enzo Bordabehere mientras Lisandro de la Torre acusaba al gobierno de Justo por el negocio de las carnes. Cuatro décadas más tarde el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen fue la primera víctima de la Triple A, organización terrorista gubernamental que le puso una bomba en su Renault 6 luego de que se debatiera una reforma laboral.

Pero, como es sabido, lo que afectó fuertemente la reputación del Senado en la era moderna fue el escándalo de las coimas bajo el gobierno de De la Rua. Pese al empeño sanador de seguir diciéndole honorable a la cámara cada vez que se la menciona, el prestigio se mostró esquivo en algunas ocasiones, como la de los aumentos privilegiados de las dietas dispuestos de manera furtiva por los propios senadores. Más intangible, sin duda más subjetiva es la verificación que cualquiera puede hacer por televisión o por streaming, cuando hay debates, respecto del nivel político promedio de los miembros del cuerpo. Figuras capaces de paralizar multitudes a la espera de sus discursos no es lo que prevalece.

En el último debate, el de la Ley Bases, se reiteró esa confesión de baja destreza oratoria que son los discursos leídos, lo cual además de deshonrar la tradición parlamentaria está prohibido por reglamento.

Al tratarse el tema de la cesión de poderes, distintos kirchneristas repitieron la idea previamente orquestada de que el presidente Milei es una persona insana y que por eso el Congreso no puede confiar en él. La senadora fueguina Cristina López (Todos por la patria) tuvo a su cargo el diagnóstico de cabecera: el Presidente, vociferó media docena de veces, es un enfermo mental. Cosa que, junto con el patético espectáculo montado por Juan Grabois y Leila Gianini en Tribunales, menciones del Borda incluidas, llevó a la Asociación Argentina de Psiquiatras a rechazar en un comunicado el uso del léxico de la salud mental como arma política.

López saltó hace poco de una concejalía en Ushuaia a una banca en el Senado debido al suicidio del senador titular. Al parecer alguien le habría susurrado a la flamante senadora que la historia argentina se reinicia cada vez que llega un senador. De otro modo no se comprende que tras declarar enfermo mental a Milei haya reclamado en su exposición a sus pares que dejen de culpar por la situación del país a los gobiernos anteriores ante la imposibilidad de ella de hacerse cargo del pasado: yo no era senadora, les explicó ofendida.

Si para la senadora más nueva de la cámara no hay partidos ni continuidades, mucho menos responsabilidades políticas, para la jefa de su bloque, la psicóloga Juliana Di Tullio, sucede todo lo contrario. Di Tullio pidió que sean expulsados del peronismo los senadores Carlos “Camau” Espínola y Edgardo Kueider, a quienes acusó de traidores por haber apoyado la Ley Bases. Agregó para la guillotina a Daniel Scioli, ex vicepresidente de Néstor Kirchner y ex candidato presidencial seleccionado por Cristina Kirchner, hoy funcionario de Milei y probable funcionario del próximo gobierno, aunque no se sepa todavía de qué color será ese gobierno.

El tema ofrece una variedad de aspectos interesantes. El primero es que Espínola y Kueider no pertenecen al bloque Unidad Ciudadana que preside Di Tullio sino a Unidad Federal, porque el peronismo, antes de expulsar a nadie ya venía dividido en parcelas que honran la “unidad”.

Un segundo aspecto: Di Tullio sugiere que el peronismo es un partido político de estricta organicidad. Riguroso, actualizado, en el que la membresía importa como si fuera la masonería. La realidad es que se trata no de una sino de dos cosas superpuestas, un movimiento y un partido. Al movimiento, es proverbial, puede pertenecer cualquiera, basta que diga que se siente peronista. Se puede ser de izquierda, de derecha, de ultraderecha, nacionalista, fascista, montonero, ortodoxo, de ultraizquierda, keynesiano o apolítico. Neoliberal como Menem o nostálgico setentista como Kirchner. Videlista, como el gobernador bonaerense Victorio Calabró (1974-76) o proiraní como Luis D Elía. ¿Por qué de tan amplio espectro habría de quedar afuera el mileísmo circunstancial si lo que guía la laxitud ideológica son siempre las circunstancias?

El PJ es como un auto sin motor ni ruedas. Ni siquiera se sabe bien quién lo conduce. A Alberto Fernández le dieron licencia hace tres meses y desde entonces los muebles de la sede de la calle Matheu juntan tierra. Para saber cómo está el PJ se puede ingresar al sitio oficial. El sitio enarbola una frase de Kirchner, “no pasarán a la historia aquellos que especulen sino los que más se la jueguen”, que seguramente suscriban con idéntico fervor Espínola, Kueider y Scioli. En la página “El partido” se enlistan las presidencias peronistas. Pero faltan algunos pedazos de historia. Cámpora, Lastiri y Alberto Fernández no están. A Isabel Perón se la menciona al pasar. El PJ, dice, que estuvo proscrito (sic), “sólo fue derrotado en elecciones democráticas en tres oportunidades”, en referencia a los candidatos Luder, Duhalde y Scioli. O sea, Sergio Massa tampoco existió. Y este Milei que sedujo a los traidores Espínola, Kueider y Scioli sería una ilusión óptica.

Garganta principal de Cristina Kirchner, Di Tullio llegó al Senado en agosto de 2021 (cuando Jorge Taiana renunció a la banca para ser ministro de Defensa), seis meses después de la muerte de Carlos Menem. La doctrina López la exime de conocer cómo fueron los 15 años que el ex presidente pasó en la cámara alta.

Recordemos. Lo más importante es que a nadie se le ocurrió expulsarlo del peronismo, pese a que como peronista neoliberal fue bastante más destacado que los tres sentenciados a la expulsión por Di Tullio.

Los Kirchner, que con pequeñas oscilaciones controlaron el bloque más importante del Senado desde 2003, denostaron a Menem y al menemismo sin piedad durante sus primeros años en el poder. Pero después Menem se convirtió como senador en un reaseguro para Cristina Kirchner, también senadora y también perseguida penalmente por la Justicia por causas de corrupción. A ambos ex presidentes se les aplicó la protección de los fueros parlamentarios, que los constituyentes crearon para otros fines.

Menem fue un acróbata ideológico, un líder sinigual que alineó al peronismo tras un espectacular viraje postelectoral. Las leyes que el Congreso con mayorías peronistas le aprobó a Menem en 1989 eran tanto o más drásticas y disruptivas que la ley Bases versión encogida aprobada ahora por el Senado.

Menem también votó sobre la resolución 125 en plena guerra de Cristina Kirchner con el campo del mismo lado que Julio Cobos. Y no fue el único peronista. Sin Carlos Reutemann, Chiche Duhalde, Adolfo Rodríguez Saa y Roxana Latorre, entre otros, no se habría producido el 36 a 36 que Cobos desempató y a quien el kirchnerismo aborreció como traidor excluyente.

El status de traidor en el peronismo, está visto, es tan dinámico como las ideas y como las circunstancias.

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