Enigmas y fantasmas históricos de un gobierno que se construye en la acción


Después de seis meses del comienzo de su gestión, el Presidente preserva, incluso incrementado, el apoyo de la mitad de la población y la expectativa de otro cuarto que, si no simpatiza con él, tampoco le desea un final infeliz. Rescoldos del estallido de un sistema político que perdió su brújula, la capacidad de trazar agenda, y que introyectó en sus espacios la vieja tradición del bloqueo recíproco a la manera de un estamento alienado de la realidad. Verosímil respecto de su gran acierto simbólico: “la casta”.

Silenciosamente, la sociedad hizo su trabajo desconcertando a sus pretendidos representantes a lo largo de las tres secuencias electorales que terminaron entronando a Milei con un 56 % de los sufragios: una cifra récord desde 1983. La sociedad no declamó, como entre los 30 y los 70, una ruptura institucional mediante una “mano dura”, ni estalló en una revuelta masiva como en 2001. Instrumentó los dispositivos de la democracia. Sin duda, un auspicioso signo de madurez que hasta podría indicar los signos de cambios culturales profundos.

Una vertiente politológica asimila a Milei como un outsider análogo a otros líderes que abarcan todo el espectro ideológico: de Donald Trump y Jair Bolsonaro a Gabriel Boric. Pero sin el soporte de estructuras preexistentes, y capaz de alcanzar a todos los sectores sociales aun en las regiones de la pobreza del interior y de los grandes conurbanos. Nuestra historia política matiza, sin embargo, esa caracterización ceñida a las plataformas digitales. Salvando las distancias, y con los cuidados cronológicos de rigor, también Hipólito Yrigoyen y Juan Perón fueron, a su manera, outsiders.

Pero volvamos a posar la lupa sobre Milei y el mileismo en procura de algunas pistas sobre su lógica administrativa e incluso de un balance provisional en lo que va de su gobierno. En primer lugar, el hiperpresidencialismo. Nada nuevo bajo el sol. La sociedad argentina es constitucionalmente presidencialista, y la horrorizan gobiernos vaciados de autoridad como los de Guido, Cámpora, Isabel, De la Rúa o Fernández, por solo mencionar gobiernos legales. ¿Cuál sería el sesgo original de Milei respecto de Perón, Alfonsín, y Kirchner? Sin duda, la sobreactuación mediática en 2.0 acorde con su temperamento que logra mantener la fe de sus seguidores más acendrados en torno del liberalismo cuya vistosa iconoclasia trasciende las fronteras sociales y etarias. Cuestión que dice mucho sobre su compleja subjetividad sociocultural y que disimula mal una suerte de doble frecuencia.

Milei ataca a sus enemigos con la épica de un agitador justiciero: ratas, degenerados fiscales, delincuentes, comunistas y otras lindezas. Sin embargo, Guillermo Francos “rosquea” infatigable con gobernadores, legisladores y asociaciones civiles. Diana Mondino hace lo propio en el orden internacional. Y hasta Luis Caputo se permite algunas concesiones filokeynesianas. Hemos ahí una primera pista. Tranquilizadora para aquellos que de buena fe se tomaron demasiado en serio sus consignas autocráticas, motosierra en mano. Aunque todavía incógnita respecto de sus costos para dotar de un marco legal sustentable en el tiempo a sus reformas. En su defecto, sus amigos globales en la industria del conocimiento a lo sumo solo le depararán fotos y admiración aunque sin firmarle ningún cheque.

No es un dato menor: la improvisación y el decisionismo le jugaron malas pasadas a Yrigoyen, como lo recuerdan los conflictos sociales de posguerra reprimidos por el Ejército, y a Perón al relevar en el BCRA a los equipos técnicos de Raúl Prebisch en favor del jactancioso hojalatero Miguel Miranda. En el primer caso, el providencialismo social de los militares, y en el segundo, la inflación endémica que el país padece desde hace casi 80 años. Hay, sin embargo, un signo de debilidad que la centralidad de Milei oculta: la insuficiencia de cuadros administrativos para el funcionamiento del organigrama burocrático estatal.

No tiene anclajes territoriales y sus legisladores son insuficientes cuando no de dudosa lealtad. Vacío que le ofrece insospechada supervivencia a los fragmentos de “la casta” que cooptó y que le deparan fallas funcionales en el interior de su gabinete, poniendo en duda la eficacia de su gestión y aun su gobernabilidad. Nuevamente, las experiencias de Yrigoyen y Perón podrían ser aleccionadoras: el primero también solía despreciar al Congreso sustituyendo leyes por decretos; y el segundo, depurando sus heterogéneos gobiernos de funcionarios “audaces” a partir de la crisis de 1950, o de “infiltrados marxistas” en 1973/74 que hasta hacía poco conformaban su “juventud maravillosa”. En el caso de Milei, el despido de su jefe de Gabinete y el escándalo de la distribución de los alimentos que apunta a su ministra de Capital Humano.

Hay otro fenómeno recurrente desde el peronismo: el “familismo”, esta vez a través del misterioso el rol de su hermana. Lo involucra en otra discusión paradojal: la del género. Así lo prueba el protagonismo de dos mujeres: su hermana Karina (“El Jefe”), al frente de la estratégica Secretaría General de la Presidencia, y su vicepresidenta Victoria Villarruel que no ha dudado en definirlo como “el jamoncito” del sandwich entre ambas. Subyace allí una discusión en torno a cómo deberá afrontar LLA el desafío electoral de 2025. ¿Tendrán tiempo para hacer la prodigiosa tarea de Yrigoyen entre 1917 y 1922 de fundar una fuerza nacional como lo quiere Karina? ¿O se terminará imponiendo el “frentismo” peroniano de una alianza con un fragmento de PRO y partidos provinciales?

Un último interrogante apunta a su concepción ideológica. Milei concibe al Estado que encabeza como lo más parecido a una mafia depredadora a la que se propone fulminar. Extraña estribación del cometido de su prócer inspirador Juan Bautista Alberdi, precisamente obsesionado por los armados institucionales y sus contrapesos republicanos. Por lo demás, ¿cómo habrán de funcionar la política, la economía y la sociedad en el nuevo orden posestatal? Si se circunscribiera a “la casta” podría hasta pensarse en un nuevo staff de políticos profesionalizados idóneos y honestos. Por lo demás, el anarcocapitalismo ya está en marcha desde hace décadas, como lo prueban la colonización privada de las agencias estatales y las tercerizaciones fácticas de la administración territorial de la pobreza. Y no solo por movimientos sociales sino, en ciertas zonas, por el imperio del narcotráfico o del delito organizado.

Por ahora, parecería que el anarcolibertarismo de Milei aspira a acabar con la economía política en su concepción clásica. Los resultados se alinean con los saberes de su profesión: el déficit fiscal y la inflación decrecientes alientan la esperanza colectiva. Pero su “bilardismo” debería convencerlo de que solo los goles son amores, y aquellos no se agotan en el sesgo economicista de su visión de la realidad.

Los fantasmas de sus predecesores históricos acuden nuevamente admonitorios a instancias de la ininteligibilidad discursiva del profesor de Filosofía Yrigoyen inspirada por su pensador de cabecera Karl Krause, y de la concepción profesional del general Perón ceñido al magisterio estratégico de Carl von Clausewitz. Sería un desperdicio para quien ha puesto al país en la vidriera de un mundo ávido de nuestras potencialidades, reposicionándonos en un sitio más respetable, algo indispensable para remontar este agobiante combo de estancamiento económico, pobreza, y anomia institucional de larga data.

Miembro del Club Político Argentino y de Profesores Republicanos

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